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Menos lobos

 

PEDRO TRAPIELLO
07/02/2015

Todos los que cargan años en el morral propenden a exagerar la memoria lejana y, cada vez que nieva (como si aquí fuera noticia) plantan su dogma como monigote de nieve en la charla asegurando que las nevadonas y las heladas de su niñez eran infinitamente mayores que las de ahora, ¡dónde vas a comparar!

El nevadón de estos días arruinó sus recuerdos, pero también es rutinario, sucede cada equis años... lea el registro del observatorio de la base aérea... rutina de inclemencias... apéese usted del burro... por más que sea una realidad obvia, el cambio climático no es tan veloz como para caber en la memoria de una sola persona... no presuma, señor Antón, menos lobos.

Lo cierto es que si este nevadón hubiera sucedido hace cincuenta años, todos esos pueblos habrían tardado una o dos semanas en abrir senda (en Valdeón, tres meses, recuerda Nino)... incomunicación total... a veces, sin teléfono ni luz... hala, y a comerse la leche o hacerla queso blasfemando lo suyo porque las vacas encerradas en la cuadra sólo devoran despensa y no prao... aunque con todos encerrados en casa, había fiesta de «brasero, baraja y bota», las famosas tres bes con que se engaña nuestra literatura étnica, porque también era normal que hubiera hostias o morros con tanto roce y todos en la cocina (que por eso se matan tanto los nórdicos, por estar todo el día guarecidos y amontonados en casa por culpa del hielo y la noche larga).

Resumido: nieva como antes... pero ahora no hay que estabular las vacas que ya no quedan y en las casas tienen arcones para resistir dos asedios.

En fin, nos creemos la Capital del Invierno (así bautizó Marga Merino a esto nuestro), pero sólo caben dos o tres nevadonas al año. Esta fue una de ellas. Gorda esta vez. En abril, la última.

Sin embargo, qué razón tenía aquella paisana que ya cito siempre que vemos nevar, la de Lucillo, maragata abrigada en bata y almadreñas... caía la primera nevada del año en el Teleno y, al vernos como tipos de ciudad alborozados por aquellos copos de trapo, sólo nos dijo «¿la nieve?... ¡la nieve es negra!»... y siguió su camino sin más decir.

Negra. Blanca es sólo para la tele.






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