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Alcántara

 

cuerpo a tierra antonio manilla
24/04/2019

Manifestó un deseo para el día de su muerte hace mucho tiempo: «Cuando llegue mi hora, que me encuentre vivo». Y vaya si lo hizo, la muy cabrona: hasta este enero, durante muchos años, los fieles de este periódico y otros que adquirían sus puntuales columnas para ofrecerles a sus lectores la palabra justa, profunda y sonriente, han tenido la oportunidad de comprobar cómo un hombre de noventa años diseccionaba la actualidad con el bisturí afilado de su inteligencia joven cada día. Otra cosa intuyó desde la atalaya de su edad: el de Rusia iba a ser el último Mundial que viera, la sombra le asediaba pero a alguien que amaba el deporte como él, que esculpió crónicas boxísticas que han resistido el paso del tiempo quizá porque estaban protagonizadas por los auténticos grandes de las doce cuerdas, a los que vio en directo, le hacía ilusión gozar de este último capricho y no iba a bajar los brazos ni a descuidar la guardia.

Manuel Alcántara: poeta atado a una columna, prisionero gozoso del periodismo. Uno de los grandes. Con el también malogrado Víctor Márquez Reviriego, el columnista andaluz más talentoso que a uno le ha sido dado seguir con periodicidad. Columnista y más. Lo mismo era Santiago Castelo, que de igual modo se fue legando su orfandad al abc. Son malos tiempos para el periodismo y no precisamente por las ventas de periódicos.

Mientras el columnista en constante celo poético iba dejando rastros de su más íntima devoción, como cuando escribía «podemos prescindir de lo necesario, pero no de lo superfluo», el poeta en verso ofrecía la destilación de su propia alma en sílabas contadas. Vio a las estrellas haciendo «propaganda de Dios allá en el cielo», le fue dado alcanzar «un corazón capaz de lluvia» y dijo de la muerte que debía ser como un espejo «donde uno mira y mira sin ver nunca».

Era maestro en muchas cosas, pero sobre todo sabía que la columna es la instantánea de un ave en el momento de alzar el vuelo: porque la actualidad es la tierra pero las alas las pone la poesía. Un difícil equilibrio entre lo que pasa, que es el periodismo, y lo que no pasa, que es la literatura. Entre el ser y el existir, que diría Montaigne, entre el papel para envolver pescado y el recorte guardado devotamente en un cuaderno. Descanse en paz.





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