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Beatriz y Carlos

 

javier tomé
26/03/2017

Me refiero a Carlos Rivera, antiguo compañero de estudios en las aulas más que centenarias del Colegio Leonés, y a la gran Beatriz Llamas, mujer con una inagotable capacidad de seducción en las distancias cortas. Una pareja de abogados siempre en búsqueda de la excelencia por carácter, fortaleza, voluntad de rigor y compromiso. Perro viejo en el oficio, Carlos siempre ha evidenciado, desde niño, una capacidad innata de crear equipo; de ahí unas extraordinarias credencias que le han consagrado en el panorama jurídico. Lo de Beatriz es otra cosa, pues se trata de una chica joven y guapa que, por tenacidad e inspiración, además de mucho esfuerzo personal, aporta elevados estándares de calidad a un trabajo que lleva siempre el sello de lo bien hecho y ejecutado. Nos tomamos un café y hablamos naturalmente de la Justicia, envuelta ahora mismo en un batiburrillo de procesados e imputados que resulta muy difícil de entender para las gentes de a pie, ya que el bien y el mal no dejan de ser puntos de vista.

Ambos fueron protagonistas y máximos triunfadores en el juicio por el asesinato de Isabel Carrasco, merecedor de una atención mediática casi universal. No quiero parecer lisonjero con estos amigos, pero su genialidad estratégica quedaría sobradamente demostrada gracias a un protocolo repetido hasta la saciedad a lo largo de la vista y que venía a decir: «estos son los hechos y el resto no es verdad». Los testigos presenciales del juicio, entre los que me cuento, nos incomodamos bastante debido al trato que recibió Beatriz por parte del magistrado, no se sabe bien si por ser mujer o por ser joven, algo que por cierto se cura con los años. Pero ella en ningún momento se hizo la dama ofendida, sino que echó mano a su carisma, credibilidad y un verbo inflamado para vencer en toda regla en un proceso que tuvo mucho de sainete. Apoyándose en el inexorable ímpetu de la lógica, una y otro supieron hacer valer el peso de las expectativas en su hoja de ruta hacia el éxito. Y para los presentes quedó claro que, de todas las virtudes, la más difícil es conseguir justicia.



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