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TRIBUNA

Un buen diccionario nos guía

 

Manuel Arias Blanco. ex profesor de Secundaria
23/09/2015

El diccionario quizá sea el único libro imprescindible en una casa, sobre todo si en ella hay niños. Cuando empezamos a leer, necesitamos tener a mano un buen diccionario, acorde con el tramo escolar en el que estamos. Poco a poco se van sucediendo los diccionarios: escolares, especializados, actuales, históricos, etimológicos, etc. Algunos, incluso lo toman como si fuera una buena novela. Y, en verdad, a poca estima que tengamos de una lengua qué menos que conozcamos su gramática y nos interesemos por su vocabulario.

La Real Academia de la Lengua tiene como primer y máximo deber el de formar un Diccionario con total garantías. Y, en este caso, en León, contamos con nada menos que tres académicos que velarán más que nadie por el buen uso de las palabras que utilizamos a diario. Merino, Luis Mateo y Salvador comandan este trabajo ímprobo de hacer brillar la palabra. En ellos depositamos nada menos que la carga incalculable de unas maneras dignas de comunicación. Esperemos que incrementen ricamente el elenco de voces que integran nuestro diccionario con un aporte significativo de voces leonesas. Cada época ha echado mano de sus emisarios para hacer llegar al corpus del diccionario un buen puñado de voces de su región. Confiemos que nuestros adalides lo hagan, como así me consta en su amplísimo repertorio escrito.

Un buen diccionario nos enseña, sobre todo en los primeros años escolares, el camino a seguir. Nada apasiona tanto como acercarse a ese enorme mamotreto de entradas para descubrir las entrañas de voces nunca oídas o apenas percibidas. La gente mayor maneja un repertorio que se va extinguiendo, tristemente, con la edad. Hay que poner coto a tal despilfarro y recogerlo en registros permanentes. Quién sabe si algún día no las volveremos a utilizar como fuentes auténticas de diálogo. Por León y sus alrededores son muchos los estudiosos que nos están dejando un tesoro inapreciable de vocablos en desuso. Son joyas inextinguibles. Así lo ratifica el hecho de que todavía echemos mano de vez en cuando del Diccionario de Autoridades, una de las primeras publicaciones de la Academia en el siglo XVIII.

Al desaparecer la palabra desaparece con ella el objeto en cuestión. Si dejamos de nombrar algo, se encubre bajo la apariencia de «cosa» y de ahí a su fin poco hay. No es bueno que deje de existir la palabra. Antes de que ocurra esto, rescatemos esa palabra y su objeto y expongámoslo en los archivos correspondientes. Servirá para que un día se pueda reproducir una manera de ser y comportarse y, quizá, una recogida de esas voces perdidas. Nunca es tarde.

Y esto es más grave en un idioma tan rico como el nuestro, el español. Un idioma que avanza vertiginosamente contra viento y marea. Algún día alcanzará la cota deseada, la más alta, juntamente con el inglés. Razones hay para ello: es el idioma que mejor ajusta la escritura con el habla. La facilidad de su aprendizaje nos da pie para que se imponga en todas las culturas. Quizá, con algunos ajustes avanzaremos más aprisa y con más firmeza. Ajustes que afectan, especialmente, a la adecuación más perfecta entre habla y escritura. Lo otro —gramática, etc.—, que exige un mayor esfuerzo de comprensión, irá calando poco a poco, hasta su entera absorción. No apelemos a la dificultad gramatical para desterrar la belleza y profundidad de esta lengua.

Y menos los que están dentro de los límites de un mismo Estado. No tiremos piedras contra nuestro propio tejado. Con el español podemos viajar a cualquier parte del mundo. Una cosa es la conservación de la tradición —y la lengua heredada es una de ellas— y otra la perspectiva de poder comunicarnos con el mayor número de gentes. No podemos seguir apelando a la historia o a la venganza. Como en un tiempo nos prohibieron utilizar nuestra lengua —mal hecho—, ahora nos vengamos con el olvido de una lengua universal. Hay razones de más peso que nos dice que lo cuerdo es aprender el castellano o español y el inglés, entre otras. Y cuantas más, mejor.

Utilicemos el sentido común y no la revancha política o pueblerina. Cada pueblo tiene su identidad, tiene su vocabulario, sus tradiciones, sus manías… Pero por encima de todo esto está el sentido común y la necesidad de poder entendernos con otros pueblos. No vivimos aislados, sino en sociedad. Y nada hay más social que una lengua que nos unifique. Además, tenemos el español que nos permite pasearnos por medio mundo y entendernos. ¿Podemos aspirar a más?