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LA LIEBRE

El canto del gallo

 

ÁLVARO CABALLERO
12/05/2019

La moda de los neorurales de fin de semana y fiestas de guardar va a dar para una serie con solo colocar las cámaras en los sitios estratégicos. Para el primer capítulo hilarante sirve el caso de la sentencia del juez asturiano que ha cerrado un corral de gallinas, después de que el dueño de la casa rural que quedaba al lado denunciara el ruido que hacían ‘les pites’ por las mañanas. Acostumbrados al claxon del camión de la basura, a los tubos de escape de los forofos de quemar rueda y a las algaradas de los borrachos de madrugada que convierten cualquier calle de la ciudad en The Kop, la grada más famosa del estadio de fútbol de Anfield, los huéspedes del establecimiento de la aldea astur se ven asediados por el canto impertinente del gallo, que no entiende de resacas, ni de horarios europeos, ni de días de descanso, sino que se guía de manera insobornable por la rotación terrestre que determina la salida del sol. Qué descaro. Qué atropello a la razón. Qué falta de educación animal no tener en cuenta que el producto turístico que se vende parte de la idea de la domesticación de los pueblos y la naturaleza inherente a los mismos para presentarlos como una marca blanca de Mercadona, sin molestias, listo para un consumo rápido que no deje residuo.

En este concepto no cabe nada que se salga del concepto de parque temático en el que quieren convertir las administraciones a las poblaciones pequeñas, con los paisanos —que se dejarán llamar lugareños sin rechistar— como figurantes que saludan con la cacha en alto, dan orientaciones llenas de palabras extrañas como sebe o abesedo, aconsejan llevar la chaquetina por encima del chaleco fashion por si refresca y se despiden con la boina en la mano. Pero sin molestar, ni importunar al visitante que quiere tranquilidad, banda ancha para el móvil y hielos hasta que se acabe el cardamomo con el que convierten en campo de minas la macedonia de frutas del gintonic. El nuevo asalto del ‘homo decahtlonensis’ muestra la deriva de una sociedad pija que se apunta a la bandera de la ‘España vaciada’, porque es tendencia en las redes sociales, pero le molestan las boñigas de las vacas en el camino que va al monte, las portilleras que guardan el pasto a su aire de las novillas, los rebuznos del burro que anda alto por las tardes, los perros que ladran cuando les despiertan de la siesta a la sombra de la tapia de la entrada del pueblo y el cacareo de las gallinas que porfían en el corral. ¿Oyen eso? Es el zumbido de los tontos que no paran de de dar vueltas en círculos por la era para coger cobertura.





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