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TRIBUNA

El carlismo y el miedo a la libertad

 

Armando Magallanes Pernas Historiador. Catedrático de Geografía e Historia
29/04/2019

Cuando los estudiantes de la generación de la Transición comenzábamos nuestros estudios universitarios allá por 1976, existía en León, entre otros establecimientos de educación superior, todos ellos dependientes de la Universidad de Oviedo, el Colegio Universitario de Filosofía y Letras, que se ubicaba en la calle Cardenal Landázuri, a un paso de la Catedral. Se trataba de un edificio en el que cursábamos nuestros estudios, hasta Tercero, los alumnos de Geografía e Historia y de Filología. Había un grupo de cada especialidad por curso, con lo que aquello era como una gran familia en la que casi todos nos conocíamos y en la que los profesores eran casi tan jóvenes como nosotros, con lo que puede fácilmente imaginarse el ambiente de camaradería que existía en este colegio.

Comenzaba entonces un periodo apasionante de nuestra historia reciente, porque, tras la muerte del general Francisco Franco nadie sabía que podría pasar en este país de nuestros quebrantos. Unos querían la Ruptura, otros ansiaban la Reforma, y estaban también aquellos que deseaban la continuidad del régimen franquista al socaire de una monarquía continuista con la dictadura, que es lo que hoy dicen que ocurrió nuestros más conspicuos reaccionarios. Evidentemente, la universidad no era ajena, ni mucho menos a las pasiones que se desataron en aquel momento. En efecto, eran frecuentes las huelgas, las manifestaciones y los enfrentamientos entre los estudiantes universitarios y las Fuerzas de Orden Público, si bien esto último no se notó gran cosa en nuestro Colegio Universitario, en donde no era sensato provocar la intervención policial porque la calle en la que estábamos era como una especie de Termópilas en miniatura. En definitiva, era un momento muy oportuno para estudiar Historia y, de manera singular, Historia de España y así tratar de comprender el por qué de lo que estábamos viviendo.

Tal vez sea esa dificultad metafísica para comprender el alma española y por qué no hemos sido los españoles capaces de construir una casa en la que todos nos encontremos a gusto lo que ha atraído a excelentes hispanistas hacia el estudio de la Historia de España y, de paso, nos han ayudado a nosotros a intentar desentrañar el enigma, sin que hasta ahora nadie haya podido encontrar una explicación cabal sobre el por qué de los problemas que tenemos para entendernos. Es verdad que hemos construido un admirable marco de convivencia en los últimos cuarenta años gracias a la grandeza de los artífices de nuestra Transición, pero parece que nos gustan las emociones fuertes y necesitamos complicarnos la vida de vez en cuando.

No voy a caer en la temeridad de intentar hacer de demiurgo y dar una explicación a lo que hasta ahora nadie ha sido capaz de explicar de modo satisfactorio. Ahora bien, creo que no está de más señalar la importancia que ha tenido el carlismo en la accidentada construcción del Estado liberal a lo largo de nuestra historia contemporánea. En efecto, el carlismo, desde su aparición se ha mostrado como una ideología ultrarreaccionaria y antiliberal, enemiga de la modernidad y de la igualdad, con gran arraigo sobre todo en el País Vasco, Cataluña, Navarra y menos en Valencia y Aragón. Una ideología de nostálgicos del Antiguo Régimen y de los “derechos históricos”, abolidos con la promulgación de los Decretos de Nueva Planta tras la Guerra de Sucesión que trajo a los Borbones al trono español.

Se dice que el carlismo fue derrotado tras la Tercera Guerra Carlista. En mi opinión no fue así. Lo que ocurrió fue que el grueso de la ideología carlista se trasladó a los movimientos nacionalistas vasco y catalán, de manera que ahora estamos viendo cómo los elementos más reaccionarios del espectro político español, salvo algún que otro partido de ámbito nacional que pretende socavar el orden constitucional, y otros como el PSOE que, conforme ha ido abandonando su esencia socialdemócrata ha ido refugiándose en lo pequeño y tribal, se encuentran entre los nacionalistas. Con algunas diferencias: así tendríamos, por parte vasca, a un PNV más posibilista y “progresista” (recuerde el lector el adagio del árbol y las nueces de Javier Arzalluz), y otros mucho más de ultraderecha y de carácter fascista, en el sentido más literal de la expresión, que siguen utilizando la violencia y la intimidación para acallar al contrario; por parte catalana no encuentro grandes diferencias entre los distintos grupos independentistas. Les une, como a los anteriores, su carácter netamente ultraderechista, antidemocrático y prepolítico.

La violencia con la que se conducen estos fanáticos revela su miedo a la razón y su incapacidad para servirse de ella, es decir, lo suyo no es la acción, sino la reacción, ya que, como dijo Hannah Arendt en su obra La condición humana: “encontrar las palabras oportunas en el momento oportuno es acción”, por eso, “solo la violencia es muda, razón por la cual nunca puede ser grande”.

En definitiva, tienen miedo porque, pese a lo que pregonan, saben que no pueden cambiar el mundo según su horma, pero no están dispuestos a permitir que el mundo les cambie a ellos.





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1 Comentario
01

Por a_enigma 13:36 - 30.04.2019

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No me puedo creer que usted sea catedrático y haya perpetrado el artículo anterior. Que nivel...

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