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cuerpo a tierra

Comilones y gourmets

 

antonio manilla
12/06/2019

Se nos suele criticar a los que, cuando vamos a un restaurante, tenemos la vaga ilusión de salir de él sin apetito, con el remoquete de «camioneros», quizá por la reconocida gula de proteínas y nutrientes que requieren los esforzados miembros de ese noble gremio profesional. No existe, por supuesto, ofensa. Ni tan siquiera oposición entre las ideas de calidad y cantidad, porque todos, aunque tengamos distintas varas de medir, sabemos diferenciar a la perfección lo que está rico y lo que es además abundante, incluso lo que está malo y para colmo resulta escaso.

Las exquisiteces minimalistas, que las hay, a los del sindicato de los comilones nos resultan molestas dos veces: porque se acaban en un suspiro y porque son presentaciones sin propósitos calóricos, más dignas de un museo que de una mesa. Los camioneros y yo seguramente saciamos nuestro prurito estético de otras maneras más convencionales, como la lectura de poesía, la asistencia a conciertos y exposiciones o la contemplación de amaneceres y ocasos. Y, sobre todo, en otros momentos más oportunos. Al comensal que quiere comer suele parecerle que hay mil momentos más propicios que el de enfrentarse a una imperiosa necesidad fisiológica, a veces acuciante, para la estética. Esto los cocineros —que tienen alma de madre o de abuela— lo comprenden, los chefs uno ya no lo tiene tan claro. Cuántos emplatados al óleo y pizarras lacadas con gotas de salsas orientales no estarían mejor exhibidas en una urna que con un tenedor al lado.

Ante uno de esos platos, yo creo que hasta los del paladar gourmet piensan que da pena tocarlos. Como son una experiencia sensorial, el alma se complace pero el cuerpo se alarma, a poca buena caída que tenga. Atacarlos, además, es como infligir una herida a la belleza. Se comprende que haya quienes les saquen una foto con el móvil antes de que se evaporen, pero uno siempre está en un tris de decirle al camarero que trasmita al chef nuestra rendición incondicional a su arte, acompañada de una humilde petición para que se apiade y nos ponga en el plato algo que echarse a los dientes; una tajada que masticar; que respete, en fin, la dignidad de nuestra condición de omnívoro que muerde y besa. Que haga el favor de traernos algo con lo que se pueda comenzar una digestión, aunque sea ligera, como por ejemplo un hueso.





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