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El cuento del libro

 

al trasluz eduardo aguirre
08/02/2019

Del mismo modo que no necesito probar la tortilla de sesos de mono para saber que no me gusta, deduzco que el ensayo de Pedro Sánchez no será plato de mi agrado. Para concluirlo me basta la portada: un primer plano suyo, con expresión de ir a cantar «Amor mediterráneo». Y fotoshop. Eso no es una portada sino un automasaje. Así empezó Churchill y ganó el Nobel de Literatura, se dirá. Ya, también Paquirrín prepara un libro de autoayuda. La vanidad aboca en banalidad, algo que carecería de importancia si Sánchez fuese un cantante pop, pero es el presidente del Gobierno y en una etapa en la que España no se puede permitir tanto simplismo. Su última concesión, acceder a que un «relator» esté presente en la mesa de diálogo entre el Gobierno y los separatistas, ha despertado la indignación de la oposición constitucionalista y de destacados barones del PSOE, pero también -intuyo- de parte de su electorado. Con retranca, Alfonso Guerra ha declarado que eso del relator «equipara a nuestro país con Yemen del Sur». El exdirigente acaba de publicar el ensayo titulado: La España en la que creo. En la presentación, ironizó que lo ha escrito él mismo. Voy a mi biblioteca y extraigo la biografía que sobre el dirigente socialista Indalecio Prieto (1883, 1962) escribió Saiz Valdivieso. Afirmó desde su exilio mexicano: «Mi actitud por España está dictada por dos amores: el amor a España y el amor a mi partido (…) y si alguna vez, aunque no lo espero, estuvieran en pugna, yo serviría a los intereses de España, sacrificando los intereses del partido».

Cabe preguntarse si en la política actual, en la que prima hasta el infantilismo el culto a la imagen física de sus líderes, habría tenido cabida el orondo don Inda. Lo dudo. Tampoco, ay, Azaña habría pasado la criba.

El ensayo de Sánchez se lo ha escrito Irene Lozano, según él mismo admite en el prólogo. O sea, es cuento. Prieto sí escribió las palabras antes citadas, al igual que estas: «Unos y otros decíamos amar la patria (…) pero entre todos concluimos por arruinarla». De nuevo, hoy como ayer, unos contribuyen más que otros. Ni aguado potaje de letras, ni tortilla de sesos de mono. Ante tal menú del día, mejor pasar directamente al postre.



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