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TRIBUNA

Del apartheid al pacto neocolonial

 

Del apartheid al pacto neocolonial -

Nkogo Ondó profesor
14/09/2012

La orientación de la política sudafricana después de la retirada de Nelson Mandela reviste una enorme perplejidad. En efecto, el líder revolucionario había consagrado su vida a la lucha por la liberación de su pueblo, proyecto que convirtió en realidad tras haber sido condenado en 1963 y haber permanecido veintisiete años en las cárceles de alta seguridad (diecisiete en Robben Island y veinte en Pollsmoor), siendo el famoso preso identificado con el número 46664 sometido a trabajos forzosos, conservó incólume el espíritu de su ideal y superó las barretas de las celdas para llegar a la meta y alzar la bandera de la victoria.. Liberado el 11 de febrero de 1990, asume la responsabilidad de cumplir la misión que la humanidad le había recomendado y emprende las comprometidas negociaciones con el gobierno del apartheid presidido por Frederik de Klerk, para instituir un modelo social que representara el equilibrio y la armonía de sus componentes. En honor al resultado positivo de sus esfuerzos, la Academia Sueca les concederá el Premio Nobel de Paz en 1993.

Recordemos que el régimen del apartheid fue creado en 1948 bajo el auspicio de los países occidentales y que desde aquella fecha absorbía el 60% de sus inversiones en toda África. Recordemos que dicho régimen cometió atrocidades que podrían entrar en el capítulo de «crímenes contra la humanidad», tales como los masacres de Sharpeville, el 21 de marzo de 1960, donde la policía acribilló a balazos a 70 personas y causó heridas graves a 190, y de. Soweto, el 16 de junio de 1976, foco de las manifestaciones que se extendieron por otras ciudades, cuya dura represión policial arrojó un balance de 163 muertos y 1.328 heridos. En septiembre de 1977, tras la tortura y el asesinato en prisión de Steve Biko, fundador del Movimiento de la conciencia negra, el Consejo de seguridad de la ONU aprueba con retraso las resoluciones 417 y 418, para condenar al régimen racista, exigiendo la liberación de los presos políticos e imponiendo el embargo de la venta de armas que obtenía de Europa a través de diversos intermediarios. En virtud de esos refuerzos, el apartheid desarrolló su intensa actividad de terrorismo de Estado durante casi medio siglo. Reconozcamos, en fin, que a pesar de todo Mandela optó por la reconciliación.

Con el triunfo electoral del 27 de abril de 1994 que le otorgó el 62,6% de los sufragios, tomó posesión como el primer presidente negro que instauró la democracia en Sudáfrica. El 23 de octubre de 1997, agradeciendo al coronel Muhamar El Gadafi por su contribución a la causa de la liberación sudafricana, viaja a Trípoli, Libia, habiendo sido criticado por el antiguo inquilino de la Casa Blanca, Bill Clinton, y por el gobierno americano, les replicó que «ningún Estado puede arrogarse el papel de gendarme del mundo y que ningún Estado puede imponer a otros lo que deben hacer» y añadió: «aquellos que ayer fueron los amigos de nuestros enemigos, tienen hoy la osadía de prohibirme visitar a mi hermano Gadafi y nos aconsejan a ser ingratos y a olvidar a nuestros amigos de ayer». Así transcurrió el mandato del nuevo jefe de Estado sudafricano hasta 1999 cuando decide abandonar la política activa, al ser relevado por Thabo Mbeki, solicitará su cese como presidente del Congreso Nacional Africano.

Una mirada retrospectiva a esa reciente historia nos confirma el mérito de Mandela como el verdadero impulsor de la revolución política en Sudáfrica, pero que se olvidó de que esta tenía que ser acompañada de una reforma económica en la que, entre otros elementos, había que introducir o promover nuevas relaciones en el ámbito de la producción, con el fin de evitar que las multinacionales extranjeras siguieran explotando a sus trabajadores, como en la época anterior. Con ese olvido, es evidente que el político sudafricano y todo su equipo habían sellado un ¡pacto! implícito o secreto con el neocolonialismo, un pacto que sería asumido públicamente por sus sucesores en la jefatura del Estado. En esta línea, es significativo que fuera Thabo Mbeki el único presidente africano que envió una felicitación efusiva a Sarkozy por haber pronunciado un discurso racista, el 26 de julio de 2007, en la universidad Cheikh Anta Diop, en Dakar, Senegal, una prueba de su adhesión al plan neo-colonial francés. Me inclino a pensar que es probable que uno de los partidarios del viejo apartheid haya influido en la posición aberrante de Mbeki. Aunque los dirigentes de la superexplotada Françafrique obedecieron a la regla de oro que les impone la sumisión a las arbitrariedades de los inquilinos del Elíseo, sin embargo, la supina ignorancia del presidente galo fue científicamente censurada por un selecto grupo de intelectuales africanos en una abrillante obra colectiva que lleva el título de L’Afrique répond à Sarkozy. En contra de los intereses de la madre África, Jacob Zuma, influido por los títeres de la plana mayor de l’UA, se doblegó rápidamente ante las exigencias del mismo Sarkozy y dio luz verde a la intervención de las fuerzas francesas de la Licorne en Costa de marfil para detener ilegalmente al presidente electo Laurent Gbagbo y proclamar fraudulentamente a Ouattara como jefe de Estado.

Pocos meses después, Zuma aceptó también, con el resto de los dirigentes africanos, sin ningún remordimiento de conciencia, la invasión de Libia propuesta por Francia en la ONU y efectuada por las fuerzas de la CIA/OTAN. En estas circunstancias, es lógico inferir que la República sudafricana es, hoy en día, uno de los mejores aliados del neocolonialismo en el continente africano. Por eso las multinacionales extranjeras pueden operar con su habitual impunidad, en su propio suelo y en otras zonas, y requerir la intervención de las fuerzas de orden público.

Así, el 16 de agosto del 2012, en una manifestación que tuvo lugar en la mina de platino de Marikana, explotada por la firma británica Lonmin, donde miles de mineros que reivindicaban sus derechos laborales fueron disparados a bocajarro por la policía causando 34 muertos. Thuso Masakeng, uno de los huelguistas declaró a un reportero de Le Monde que: «estamos explotados, ni el gobierno ni los sindicatos nos han prestado ayuda. Las empresas mineras se forran gracias a nuestro trabajo y no nos pagan casi nada. No podemos permitirnos una vida decente. Vivimos como animales a causa de unos salarios de miseria».

Lo curioso fue que el ministerio fiscal, basándose en la legislación del apartheid, les implicara en la muerte de sus compañeros y que unos días después declarara nula dicha implicación. Esta es una de las consecuencias inmediatas del pacto neo-colonial, una situación que obstaculizará el desarrollo de las masas negras sudafricanas y beneficiará a los representantes del nuevo imperialismo, que asedia a los débiles o dependientes y, de forma especial, a las naciones africanas.



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