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TRIBUNA

Desequilibrio histórico

 

Israel Alvarado González FILÓSOFO
12/02/2019

Sócrates buscaba una persona más sabia que él. De esa manera iba recorriendo las calles de Atenas, poniendo al descubierto la ignorancia de las personas más respetables de la ciudad y ganándose también su enemistad.

No sólo ofendía constatar la ignorancia —que todos sufrimos en alguna medida— sino descubrir el fraude en el que muchos pseudopolíticos —demagogos— se mantenían, haciéndose pasar por personas de conocimiento cuando, en rigor, no lo eran. Consciente o inconscientemente se aprovechaban (o se beneficiaban) de esa posición.

El desprestigio de la filosofía (su actual inexistencia) es responsabilidad también de los filósofos: se han ido escondiendo detrás de un lenguaje cada vez más retorcido, convirtiéndose en los profesionales de las palabras y los discursos enrevesados. El filósofo –mejor dicho: el intelectual— en vez de ir aclarando las cosas, las ha ido confundiendo y complicando cada vez más. No obstante, la Historia de Occidente se ha forjado, de algún modo, a través de la palabra y los escritos de muchos pensadores, que han ido influyendo —a su vez— a unos cuantos emperadores, reyes, nobles, tiranos, políticos, dictadores... No sólo el pensamiento ha condicionado la actuación de las personas influyentes, sino, sobre todo, a las personas de a pie: dejando de participar en el desarrollo de ese pensamiento, pero sometidas cada vez más a él.

Un ejemplo nos puede ayudar a ver este hecho con más claridad: En tiempos modernos, la investigación científica ha llegado tan lejos y se ha alejado tanto del ciudadano en sus descubrimientos últimos (estoy pensando en la «teoría del big bang») que nos hace recordar —por su lógica— a concepciones metafísicas arcaicas. Las conclusiones científicas se vierten en la cultura popular sin explicaciones previas, apabullando a los mortales a la manera de como se hacía ya en tiempos de astrólogos y místicos. Si hay un ejemplo de «para este viaje no salgo de casa» éste es.

No menospreciando los avances científicos (son nuestra realidad y nos afectan) sí es bueno hacer notar que por mucho que una eminencia, una autoridad; su excelencia… pero también: el político de turno, el gurú, el líder, la opinión pública, el camarada jefe, el ideólogo… y aún más: el presidente de la comunidad, el profe de yoga, nuestro marido, el párroco… es bueno señalar –digo— que todas esas personas no tienen por qué saber todo, o incluso: no tienen por qué saber nada en aspectos fundamentales de la vida. Y aceptar ciegamente la autoridad de cualquier persona no sólo es filosóficamente hablando muy problemático sino que, para nuestro comportamiento, es de una fatal irresponsabilidad.

No se trata del «todo vale» ni del «todo es relativo». Es lo contrario: estamos metidos tan de lleno en la vida —tan atentos— que el mínimo despiste, la mínima brisa, el mínimo olor a embuste nos hace saltar como resortes. ¡Nos jugamos la vida en ello! El espíritu crítico no es propiedad de unos pocos: si no, no sería crítico…

Habrá individuos —me temo— que en el submundo de las ideologías políticas, se frotarán las manos con lo dicho en el párrafo anterior: «poder des-autorizar a personas de forma gratuita...» Otros, en el otro extremo, se sentirán asustados con la idea de un mundo sin líder, sin jerarquía; sin un poder.

Individuos así viven inmersos todo el tiempo en la paranoia del control. Y no conseguirán entender que aunque su vida esté montada para intentar protegerse a ellos (primero) y prometer ayudar a los demás (¡glups!) después, nunca van a ser lo suficiente astutos como para zafarse de su último e inevitable «enemigo».

   
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