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EL CORRO

Desprestigio a las primarias

 

PEDRO VICENTE
05/02/2019

Quedaba un solo partido, el PSOE, que celebrara unas elecciones primarias más o menos fiables y Pedro Sánchez acaba de emborronar dicho mecanismo de democracia interna al apadrinar por todo lo alto a Pepu Hernández como precandidato socialista a la Alcaldía de Madrid. Con su victoria frente al aparato y la vieja guardia, Sánchez personalizó como nadie la eficacia de las primarias como instrumento participativo de la militancia. Y con su apoyo al exseleccionador nacional de baloncesto, el propio Sánchez ha echado a perder la credibilidad de las primarias socialistas.

¿Dónde queda la igualdad de oportunidades cuando uno de los tres candidatos parte con el padrinazgo del secretario general del partido y presidente del Gobierno? En teoría, Pepu, ni siquiera es militante, podría perder la votación, en cuyo caso imagínense el desaire sufrido por el máximo dirigente del PSOE. La militancia es consciente de ello y evitará ese cataclismo aunque sea tragando con un candidato que no sea de su agrado, lo cual no deja de ser una especie de chantaje emocional similar al que practicó Pablo Iglesias cuando sometió a consulta de las bases de Podemos la compra del chalet de Galapagar, en su caso con el agravante de advertir explícitamente que dimitiría si la consulta no avalaba dicha operación inmobiliaria.

Las primarias de Podemos no son precisamente ningún dechado de democracia interna, no tanto por las dudas, que también, sobre las garantías de unos procesos exclusivamente telemáticos, como por el vicio de raíz de un sistema en el que la corriente mayoritaria acapara los principales puestos, dejando tan solo migajas al resto de los candidatos. Y el peso del aparato que maneja sin oposición interna Albert Rivera, que ha ido deshaciéndose de cuantos en la formación naranja han osado mostrarse disidentes, convierten las primarias de Ciudadanos en un auténtico simulacro. No digamos ya si, al igual que acaba de hacer Sánchez en Madrid, a Rivera le da por apadrinar a determinado candidato, verbigracia el aspirante a la Alcaldía de Barcelona, el exprimer ministro francés Manuel Valls.

En esto es innegable que no se le puede reprochar nada al PP, donde Pablo Casado mantiene tal cual la tradición del ‘dedazo’ personal cuando así se lo pide el cuerpo, como ha ocurrido con los candidatos a las alcaldías de Ávila y Segovia, designados de espaldas a las respectivas direcciones provinciales del partido. Tan absoluto presidencialismo tiene, eso sí, el riesgo de pifiarla de la forma que la ha pifiado Casado con la efímera candidata que le dio por ungir para intentar desalojar nada menos que a Revilla de la presidencia de Cantabria.

   
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