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FUEGO AMIGO

El cerro de los héroes

 

ernesto escapa
21/07/2012

Arapiles preside el escenario bélico de una de las batallas decisivas de la Guerra de Independencia, cuyo bicentenario se cumple este domingo. El campo de aquel suceso se conserva casi como el día de la contienda, un lluvioso 22 de julio de 1812 con aguacero. Ni siquiera las alteraciones realizadas con voluntad de decoro consiguen distraer la sensación de estar en un Sitio Histórico. El viajero enseguida percibe la emergencia de los dos arapiles, chico y grande, como caídos del cielo. Son los cerros que bautizaron al pueblo y dieron nombre al episodio nacional de Galdós: La batalla de los Arapiles. No es la única literatura sobre este paraje solitario y sorprendente, tan cercano a Salamanca como desconocido. Hace casi veinte años, El cuarzo rojo de Salamanca inauguró la carrera narrativa de Luciano González Egido. Con sus excesos y demasías, es una novela importante, merecedora de rescate.

Los dos cerros se encuentran entre el pueblo al que dan nombre, donde hay un Aula de Interpretación de la Batalla, y Calvarrasa, ya en la Tierra de Alba y en la vecindad del Tormes. Calvarrasa tiene una laguna misteriosa, una iglesia renacentista que ofrece exposiciones singulares y el sorprendente conjunto romano de una plaza de toros con sus fuentes, estanque y piletas, en la vaguada del Gargabete. La plaza es cuadrada y va a cumplir dos mil años. Este fin de semana se celebra por todo lo alto la conmemoración de la batalla, que cambió el rumbo de la guerra con los franceses. Habrá recreaciones históricas y es obligada la visita al Aula de Arapiles, porque su información ayuda a entender aquel episodio y a disfrutar del entorno. Medios audiovisuales, maquetas y paneles explican el desarrollo de la batalla y sus consecuencias. A pesar de su proximidad a Salamanca, Arapiles no muestra excesivas alteraciones en su caserío.

El arapil grande tiene el monumento de la batalla en su cima. Una senda agrícola bordea el cerro hasta las murallas. La capa superior del arapil exhibe el hueco dejado por las canteras, cuyo mordisco menguó unos cuantos metros de su meseta. El monolito fue rehecho hace diez años, cuando le pusieron un mármol nuevo y colocaron a su lado un bordillo horadado para los mástiles de las banderas. Pero hasta los fastos del bicentenario nadie ha vuelto. La piedra dorada del monolito contrasta con la base grisácea, que baila al pisarla. Desde su cima se ve el alto soto de torres salmantino y se domina el campo de Alba poblado de encinas. Excepto este fin de semana, es un lugar solitario, propicio a las melancolías. A los pies de los arapiles discurre la vía muerta del ferrocarril. Y en la pendiente del arapil chico hacia el Tormes la ermita de la Peña completa la visión del campo de batalla.



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