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LA GALERNA

Esas huellas que no se ven

 

ANA GIL
14/05/2019

Ocho años y ocho meses es lo que tardan en denunciar las víctimas de la violencia de género. Lo leo y no lo creo. Ocho años aguantando a alguien que te maltrata, sea de la forma que sea. Tiene que ser un horror. Un panorama de miedo, de pánico más bien, es el que se dibuja este estudio de la delegación del Gobierno de Madrid. Dice también que la violencia física es la que más tarda en denunciarse, quizás porque es la que menos duele y la que menos huella deja. Hablo de algo que no se ve, pero que se padece. El maltrato psicológico es una carga demasiado pesada de llevar. Alguien que se siente insignificante no se ve capaz de hacer algo importante. Y ahí reside, al menos en buena medida, la ventaja para el agresor.

Al margen de que todos llevamos una mochila de cargas emocionales arrastradas de nuestra infancia y adolescencia que tampoco se ven, pero que se reflejan en nuestra forma de ser y de relacionarnos con el mundo, las personas maltratadas creen que tienen que aprender a vivir con eso porque es lo que les ha tocado. Dice el estudio que tienen miedo a su agresor, esa es la causa principal que retrasa la denuncias y eso es, precisamente, lo que hace fuerte al maltratador. Porque sin ellas, ellos no son nada. Un cero a la izquierda que sólo se alimenta del sufrimiento de la persona con la que mantienen una relación. No tienen otro objetivo más allá que avasallar a su pareja, porque para otra cosa no valen. Y cuando ella se va —o cuando acaban con ella— buscan a otra víctima de la que alimentarse.

Precisamente los maltratadores son las personas más vacías, las que menos tienen que aportar, las más inseguras. Quizás sea el caso de Marco, que no aceptaba que Lourdes le dejase y por eso acabó con su vida. Pero, ¿quién es nadie para decidir sobre la vida de los demás? Su caso se ha convertido en noticia después de que a ella la encontrasen estrangulada en su casa de Torre Pacheco, en Murcia. Él había sido denunciado por maltrato diez años atrás y le pillaron justo cuando iba a coger un avión a Ecuador, su país natal. Pero el de Lourdes y Marco es, tristemente, un caso más entre los muchos que nos rodean. Muchos no se ven, pero todos dejan huella.





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