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cuarto creciente

Espirales

 

carlos fidalgo
14/03/2019

A Martín Chirino le llamaban el poeta del viento porque fundía el hierro en su fragua de Morata de Tajuña inspirado por las corrientes que sacuden las islas Canarias, las islas afortunadas donde nació. A menudo forjaba espirales de metal en su taller porque le parecía una figura infinita, un símbolo de los sueños, el misterio de lo que no tiene principio ni fin.

Martín Chirino ha muerto. Pero sus esculturas siguen ahí. No sabemos por cuánto tiempo. Quizá le recuerden dentro de cien años, como a Rodin. O quizá no. Chirino, que «venía de la verja y del arado», escribe de él Antonio Lucas en El Mundo, escarbó en la cultura guache de sus ancestros, pastores de cabras en las Cañadas del Teide, trashumantes de Gran Canaria que bajaban a la costa en invierno, para hacer del viento un símbolo de sus esculturas y de las espirales un motivo central de su obra.

Que Dios le guarde, si es que hay Dios. Y sino que lo cobijen las estrellas.

Néstor Rojas, que nació en Venezuela hace 58 años, es de esas personas empeñadas en moldear el lenguaje. En construir esculturas de significados. Eso es la poesía, después de todo. Dar con la palabra que te cale hondo.

Néstor, que ofrece hoy un recital en el Museo de la Radio de Ponferrada, se ha exiliado en España porque Venezuela ya no es un buen lugar para vivir, para pensar tranquilo y escribir poesía. Y espero que aquí lo empuje un viento favorable.

Mar Moreno era periodista. También trabajaba con palabras, pero de otra forma. Empezó de becaria en Cambio 16 y llegó a redactora jefa en la revista SModa de El País, donde entrevistaba a personajes de la cultura y la política como Elena Poniatowska o Manuela Carmena.

Mar murió el domingo a los 44 años. De un infarto. En SModa han escrito que siempre quería llenarse de buenas frases y pensamientos. Y en El País, que entrevistaba a las mujeres a las que quería parecerse.

Yo la recuerdo con veinte años, cuando estudiábamos Periodismo en Madrid, y la energía que desprendía, la ilusión que tenía por contar historias, era tan contagiosa que estoy seguro de que Dios, o el azar que lo gobierna todo, la premió con un don. Que el sol de Jaén le devuelva ahora todo el calor que dio.

   
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