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FRONTERIZOS

Hallazgos entre la niebla

 

MIGUEL Á. VARELA
30/12/2011

Anda uno buscando en los últimos días de este «annus horribilis» algo a lo que agarrarse antes de eliminar del calendario esos doce meses aciagos mientras se fabrican otros doce que no pintan mejor. Y entonces aparece entre la niebla Sara R. Gallardo y esa autobiografía moral que es Epidermia, un libro que tiene la belleza formal de los cuadernos de apuntes escolares y un fondo de honradez que golpea como un látigo de luz a los desengañados en el oficio de vivir.

Sara tiene la locura de los que leen a la luz de la luna sentadas en el alféizar de la ventana, de las mujeres que hablan en alemán con Federico Engels y a las que les importan un pimiento las cavilaciones académicas de los inútiles buscadores de fronteras literarias.

Sara es valiente. Sabe que nada sabe igual después de la nostalgia, que la carne se corrompe con las arrugas de la infancia y en el valor ha mojado la tinta con la que se escriben las verdades. Y ha escrito un libro que leerán los gatos que adivinan el amanecer por el silencio de los electrodomésticos. Ha escrito un libro «tierno, desolado, áspero e hiriente», como lo ha definido José Luis Piquero. Un diario de madurez temprana, un dietario herido «de poesía y de insurrección», como ha dejado escrito en estos mismos papeles el presidente de la República de Almendros, José Luis Suárez Roca.

Sara es un hallazgo feliz para esta Ciudad del Puente que ha vuelto a los años grises de la emigración y la huida. Entre la niebla que todo lo confunde, de la que surgen los fantasmas de nuestras peores pesadillas, Sara nos ha dejado una caja de zapatos que guarda fotos quemadas en el rincón de los monstruos.

También de la niebla de los druidas ha surgido otro milagro. Se llama Manual del Náufrago y es una caja de grabados y poemas construidos desde la rabia ante la incoherencia de un mundo que se nos escapa entre los dedos. Textos e ilustraciones son obra de Juan Manuel Santos, un asceta proletario que busca su camino iniciático elevado sobre el misterio del papel y el mecanismo del tórculo. Hace ya tiempo que Juanma empezó a aprender el lenguaje de los unicornios y ha acabado montando un laboratorio para traducir su vocabulario a paisajes en los que las arañas interpretan una sonata de Bach y las hormigas cruzan las cordilleras de la memoria. Con la ayuda del encuadernador Luis Miguel García, Juanma se ha recluido en su quirófano de cirujano para dibujar en la piel de la tierra laberintos sin salida y torres desde las que se oye la tos de Dios. Y ambos han fabricado artesanalmente diez ejemplares de un libro que es el antídoto a las amenazas del e-book.

Dos hallazgos felices entre esta niebla que conjuramos para consumir las últimas horas de un año para olvidar.

   
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