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TRIBUNA

La inevitabilidad del cambio

 

La inevitabilidad del cambio -

28/09/2014

Alo largo de los siglos, filósofos y poetas han afirmado que todas las cosas en el universo están permanentemente sometidas al cambio. «Todo fluye, nada permanece», proclamaba Heráclito en la Grecia del siglo VI a. C, bajo la imagen de que nadie se baña dos veces en el mismo río. En el siglo XVI, Luís de Camões iniciaba así uno de sus más célebres sonetos: «Mudam-se os tempos, mudam-se as vontades (…) todo o mundo é composto de mudança». En un mundo en que los renacuajos se vuelven ranas y la leche se convierte en queso, sería raro que las sociedades humanas, desde la simple pareja hasta las naciones y Estados, no sufrieran también cambios en encuentros y desencuentros, movimientos centrípetos o centrífugos realizados amistosa o traumáticamente. En el tiempo que me ha tocado vivir se han casado muchas parejas que luego se han separado, o divorciado cuando la ley lo ha permitido. La nación alemana se escindió en dos Estados y volvió de nuevo a unificarse.

La URSS desmenuzose en múltiples estados, en general, sin conflicto. Pero, ahora, en uno de ellos, Ucrania, dos partes pugnan cruentamente, bien por permanecer unidas o asociarse una de ellas a la vecina y poderosa Rusia. Ya ocurrió otro tanto con la antigua Yugoslavia, troceada actualmente en varios Estados tras guerra fratricida. En cambio, Checoslovaquia se partió sin trauma en dos. En Escocia ha habido hace unos días un referéndum con más del 80% de votantes y, por escaso margen, no se ha desligado de la Gran Bretaña. Y tenemos encima, como una espada de Damocles, el acuerdo por amplia mayoría del parlamento catalán aprobando una consulta popular para saber, en realidad, cuántos catalanes desean separarse de España. Como el texto constitucional español no lo contempla y la postura del gobierno central es inmovilista, refugiada detrás de la ley, tenemos un problema de imprevisibles consecuencias. Las leyes están, efectivamente, para respetarlas y cumplirlas, pero ellas, a su vez, deben adaptarse a los cambios y nuevas circunstancias que el fluir del tiempo impone. A pesar de ello, muchas personas, sin duda inteligentes, apelan a la inmutabilidad de las leyes, aunque resulten ya obsoletas, condenando los cambios por irresponsable sentimiento antipatriótico.

Tampoco el lenguaje permanece inmutable. Como señaló el lingüista suizo Ferdinand de Saussure, padre del estructuralismo: «El tiempo lo cambia todo; no hay razón para que el lenguaje escape a esta ley universal». Me permito poner como comparación, odiosa o luminosa según se quiera, lo que pasa en las lenguas, para aplicarlo al funcionamiento de las colectividades humanas.

En el español existen dos grafías (b) y (v) cuya articulación desde el siglo XVI es, en ambos casos, como fonema bilabial y sonoro. Así lo refrenda nuestra gramática o «texto constitucional de la lengua», prescribiendo que debemos pronunciar igual: «boto» que «voto, «vaca» que «baca», «acervo» que «acerbo», etc. Pero, de hecho, espontáneamente, comenzó a surgir una corrupción a través de los medios de comunicación en la articulación de (v) como labiodental, en oposición fonológica a la bilabial (b), ambas así diferenciadas antiguamente en castellano y hoy en portugués y en francés. Ese uso incipiente no prosperó, pero podría haberlo hecho con abuso generalizado, y en vez de un pedante o corrupto del lenguaje, hubieran surgido por simpatía cientos, miles o millones. ¿La Real Academia Española, o «gobierno de la lengua», debería por ello prohibirlo, multando, encarcelando o desterrando a los infractores? No. Lo que hace la RAE es registrar el fenómeno como hecho consumado por ser ya uso habitual entre los hablantes.

Un caso similar, no como la hipotética distinción de (b) y (v) en español, sino real, ha ocurrido en portugués. Hasta finales del siglo XIX el portugués distinguía, como el español actual, dos tipos de erre, ambas de pronunciación apical, esto es, con la punta de la lengua en los alvéolos: una breve (r), de una sola vibración, como por ejemplo «caro» (esp. «querido»); y otra prolongada con varias vibraciones (rr), como en «carro» (esp. «coche»). Hacia 1883 aparece en Lisboa una nueva pronunciación —esto es, partiendo de un pedante o corrupto que hace proselitismo involuntario— realizada desde el fondo de la garganta, como en el francés de París, tanto para la grafía (rr) como para la (r-) inicial: «rua» (esp. «calle»). Esta articulación no apical sino gutural, que a principios del siglo XX se consideraba incorrecta, se propagó sin embargo rápidamente. Hoy día es de uso general — no sólo de los habitantes de Lisboa y entre las camadas más jóvenes sino entre la mayoría de los portugueses de todas las edades y regiones— pronunciar algo así como Fe(gu)eira, en vez de Ferreira. La gramática portuguesa y su academia reguladora no tienen más remedio que admitir la inevitabilidad del cambio.

Con el léxico ocurre otro tanto. Cuando yo era un chaval, se jugaba a «balonvolea». Hoy, no se sabe por qué, esa palabra ha caído en desuso. Los que practican este deporte hablan de «voleibol», abreviado en «vólei», proveniente del inglés «volleyball». Lo contrario ha sucedido en español con «basketball», vocablo inglés que en España ha sido anulado, de momento, por «baloncesto». No obstante, en la América hispana el uso generalizado para denominar este deporte es la palabra inglesa reducida a «básquet». Curioso es lo sucedido con otro vocablo deportivo: «fútbol», españolización del inglés «foot-ball». El intento de sustituirlo por «balompié» no ha prosperado, pese a denodados esfuerzos por conseguirlo.

Como dice la canción de Zeca Afonso «Grándola, vila morena», «o povo é o que mais ordena», esto es, «el pueblo es el que manda». Y si no debe ser así, que no se nos llene la boca todos los días y a todas las horas con la palabra «democracia» o «gobierno de las mayorías», cuando lo que se quiere decir es «dictadura».