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Intérprete del cosmos

 

fuego amigo ernesto escapa
09/02/2019

Mañana se cumplen sesenta años de la amarga muerte en Madrid del científico Arturo Duperier (1896-1959), una de las primeras figuras de nuestra Edad de Plata, que el año antes de morir fue candidato al Nobel de Física. Le perjudicó en el descarte final la circunstancia de llevar cinco años instalado en la especulación teórica sobre los rayos cósmicos, pues al regresar a España en 1953, atraído por la fugaz apertura de Ruiz Giménez, un enredo burocrático de aduanas retuvo en la de Barajas hasta después de su muerte todo el valioso instrumental donado por el departamento de investigación científica del Imperial College de Londres.

Un utillaje de laboratorio con alta sensibilidad que había diseñado él mismo en la época que trabajó refugiado en el metro londinense, durante la Segunda Guerra Mundial, al lado de su colega Blachett, Nobel de Física en 1948, con quien colaboró luego durante quince años. En Londres inauguró el curso 1945 de la Real Sociedad de Física, que únicamente y de excepción había abierto antes, como extranjero invitado, Albert Einstein. Aquel verano la BBC le encarga que explique a sus oyentes los secretos de la devastadora bomba arrojada sobre Hiroshima. Homenajeado por sus paisanos de Pedro Bernardo, en su visita a España del verano de 1952, la explosión de cariño emocionó hasta las lágrimas al sabio investigador que había sido agasajado en los ámbitos científicos del mundo entero.

Aquel fervor cucharero de sus paisanos le induce a aceptar la invitación de Ruiz Giménez para ser restituido en su cátedra de Geofísica, donde imparte la asignatura de radiación cósmica a partir de 1953, alternando con estudios que presenta en congresos internacionales, mientras resulta cortésmente ignorado por sus colegas universitarios españoles, que se preocupan en cambio de atizar la leyenda del espionaje sobre el instrumental investigador retenido en los almacenes de Barajas. Lo prodigioso es que incluso en esas condiciones, privado de instrumental idóneo, llevó a cabo su trabajo investigador más importante: Nuevo método para el cálculo de los fenómenos de interacción entre las partículas dotadas de altísimas energías y sus trayectorias.

Pero su experiencia resultó de una crueldad gratuita y muy dura. No se entendía muy bien qué investigaba, pero se pretendía tener en casa una figura de prestigio mundial. Caballero Bonald evoca en sus memorias la presencia macilenta y tristona de un Duperier abatido por los desdenes. A su muerte de infarto y ya coronado de academias, recibió el premio March de Ciencias a título póstumo, privando a España de su científico con mayor consideración internacional, mientras el utillaje retenido en Barajas iba siendo pasto de la implacable lima de la corrosión.



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