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LA LIEBRE

Juanín

 

ÁLVARO CABALLERO
19/05/2019

Cuando uno se llama Juan, apellida García, mide 1,76 y nació en León, el algoritmo de Google tiene que hacer esfuerzos para encontrar los méritos necesarios que lo aúpen en un pedestal deportivo. Aunque si se pone el nombre del rapaz, se le añade el sufijo -in con el que esta tierra bautiza por contraste los méritos y se le ahorma en un carácter leonés terco frente a los augurios de quienes insistían en que era demasiado pequeño, que no llegaría, que tenía que dedicarse a otra cosa, el resultado obtenido exhibe la talla de uno de los mejores jugadores de la historia del balonmano español y de los deportistas más importantes de esta provincia. Pero, sin darse importancia, como si en los últimos 24 últimos años sólo se hubiera dedicado a entregar el cambio en el peaje, en lugar de ganar todos los títulos posibles y ser reconocido con tantos premios personales como para llenar la portada del As durante una década si hubiera sido futbolista, Juanín se retiró ayer con la misma discreción y humildad que le han convertido en una leyenda del deporte a fuerza de conseguir que la persona alcance la altura del ídolo.

Sin peinarse como si fuera a salir en el Hola, ni tatuarse como un cuadro barroco, ni figurar en los actos sociales en los que la vanidad se pesa por arrobas, Juanín prefirió mirar al suelo para no olvidar dónde quedaban los pies cada vez le citaban los récords, la admiración con la que se le recibía en las canchas de todo el mundo y la reverencia con la que sus compañeros reconocen que vivieron a hombros de un gigante. Convertido en la garganta por la que se canalizó el grito de rabia que convirtió al Ademar en un estado de ánimo de la ciudad, el guaje que más corría en Viloria de la Jurisdicción, menudo y despierto como una vilorta, se hizo un hueco a un lado del escaparate, junto a la esquina en la que todo se acaba. Ahí, en el vértice del extremo, convirtió la falta de espacio en un trampolín desde el que retar a la física para lograr que la línea curva que definía su rosca fuera la distancia más corta para unir la pelota que salía de su muñeca con las redes de la portería. Pero su trascendencia va más allá. Si el deporte se entiende como escuela de valores, Juanín merece una cátedra. Arropado con el traje de hombre cualquiera, nos convenció de que su mayor mérito es ser uno de nosotros, cuando en verdad reside en que quisiéramos parecernos a él. Qué grande, Juanín.





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