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MARINERO DE RÍO

Por mis naciones

 

EMILIO GANCEDO
11/02/2019

Dice un amigo, mucho más instruido y capaz que yo, que después de esta crisis «quizá sobreviva el Estado, pero lo que se habrá destruido será la nación». Son, en efecto, dos cosas diferentes. Una es la estructura, el andamiaje, la ventanilla del funcionario. La otra es más misteriosa. La otra se aloja en un lugar inconcreto que fluctúa entre el corazón, el estómago y las gónadas, y que puede resumirse como la —sin duda, asombrosa— capacidad de una persona para entender que otra, a la que no ha visto nunca, de la que le pueden separar cientos de kilómetros y con la que a lo mejor nada tiene en común, es su compatriota, su conciudadano, su hermano fraterno. Y para que eso llegue a ocurrir se ha tenido que invertir dinero, esfuerzo y convicción, ha tenido que pasar tiempo y también ha tenido que correr sangre. La nación se ha venido forjando en la escuela, la iglesia y la guerra. Solo sufrir mucho juntos y bregar mucho juntos y tener el mismo mapa delante durante los largos años de infancia hacen nación.

Por eso se puede obligar a alguien a pertenecer a un Estado, pero jamás a sentirse parte de una nación.

Y por eso el gobernante inteligente jamás emplearía el término obligar. Persuadirá, convencerá, no hablará sino que trabajará, haciendo ver al discordante, con sus actos, que no hay mejor Estado que su Estado... y que, además, forma parte importante, decisiva, de él.

Por desgracia, hace mucho tiempo que España no cuenta con gobernantes así.

Unas plazas rugen con ciertas banderas y otras con otras —curioso, los mismos colores en bandas distintas—, y las gentes las agitan con ardor, muchas de ellas sin duda legítima, sinceramente, pues aquella semilla que depositó el sistema en sus tripas, cuando niños, ha crecido y se ha hecho tela e idea. Unos piden que la nación se mantenga, otros, ser nación nueva. La mayoría se mueve con ideas del siglo XIX en la época de las redes y el algoritmo. Se necesita leer a gente como Zygmunt Bauman o Eric Hobsbawn para empezar a entender algo, aunque el personal sale a la calle solo con el catecismo o el telediario en la cabeza.

Hablan de dar ‘batalla’ por España pero me temo que esa cruzada de sordos la vayamos a perder, de nuevo, todos.



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