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TRIBUNA

Nacionalismo, ¿para qué?

 

afrodisio ferrero pérezafrodisio ferrero pérez 18/02/2006

NOS ENCONTRAMOS ante una «ola del nacionalismo», un nacionalismo periférico (Galicia, País Vasco y Cataluña) que pretende inventar o conformar una nación para sus territorios. Al menos, el proyecto de Estatuto para Cataluña, en un acuerdo semisecreto entre el presidente del Gobierno y un representante del nacionalismo catalán, han introducido en el preámbulo el concepto de nación. Para algunos comentaristas es «el huevo de la serpiente». En verdad, el constitucionalismo español del siglo XIX nunca ha concebido otra nación que no sea la española; es decir España, como única nación. Y siguiendo la historia con visión objetiva, ni el País Vasco, ni Cataluña, ni Galicia aparecen como estados ni naciones. Únicamente en la Constitución Federal de 1873 -que no tuvo vigencia- se habla de estados como equivalentes de regiones. Entonces, nacionalismo, ¿para qué? 1. Siguiendo la autoridad de Menéndez Pidal, con los germanos nace el nacionalismo político y cultural, aunque el sentimiento nacional es una creación del romanticismo. Sin duda el moderno nacionalismo, como corriente doctrinal, surge en el siglo XIX, con la fundamentación en «razones étnicas» y «razones histórico-políticas», a las que habría que añadir «razones lingüísticas». Tampoco podemos olvidar que el nacionalismo entró en muchos países con los efectos de la revolución francesa. En España, la guerra de la Independencia despertó la conciencia nacional ante la invasión de Napoleón. Y el primer grito de independencia frente a Napoleón surgió en León, el día 24 de abril de 1808, y el 2 de mayo salió de los labios del Alcalde de Móstoles. 2. Es preciso recordar que en el siglo XIX surgieron dos concepciones del nacionalismo con conclusiones diferentes: Por un lado, la concepción alemana que concebía a la Nación como un «ser viviente» que se desarrolla mediante la acción de una fuerza superior: «el genio nacional». Y por otro lado, la concepción latina que patrocina como rasgo esencial la conciencia y la voluntad de convivir en común. En este sentido, el filósofo Ortega y Gasset dice que cuando se pierde la conciencia de que se está sirviendo a una «empresa histórica común» nace la segregación, el cantonalismo o, en el peor de los casos, el particularismo. Y surge la «España centrífuga», en detrimento de la Nación. En esta hora, el nacionalismo se ha hecho presente con más fuerza que en otras épocas de nuestra historia. Se registran síntomas de ruptura del entendimiento común entre los españoles. Algunos nacionalistas periféricos pretenden enfrentarse a esos sentimientos de conciencia nacional de España, con diversas formulaciones: Estado plurinacional, Estado libre asociado, Estado Federal asimétrico, ámbito soberano, autodeterminación, Nación de naciones: aspiraciones que conllevan un «regresismo». 3. Como primera observación, no se concibe rigurosamente hablar de nación de naciones en España; únicamente nos podríamos referir a Hispanoamérica, ya que España fundó o contribuyó a crear más de veinte naciones en Iberoamérica. Y tampoco cabe hablar de autodeterminación, porque en España no ha habido colonias o naciones anexionadas en las últimas guerras mundiales. En concreto, las formulaciones nacionalistas, que circulan en los medios de comunicación, chocan frontalmente con la Constitución de 1978. En este contexto, el proyecto de Estatuto catalán del que conocemos determinados aspectos, parece romper las costuras de la Constitución vigente. Doctores constitucionalistas tienen la palabra. Porque la España constitucional es de todos nosotros, en el supuesto de aprobar un Estatuto con sombras de inconstitucionalidad, sería una «insensatez» de graves consecuencias para la estabilidad del sistema constitucional y, en definitiva, para la convivencia en común. Entonces surge la pregunta clave, el nacionalismo, ¿para qué? 4. En la realidad española se puede constatar que el socialismo actual y la autocalificada izquierda forman compañía con el nacionalismo, es decir con la burguesía del nacionalismo periférico. En esta hora resulta una contradicción notoria. Porque las palabras y los conceptos son importantes y trascendentes; no son relativistas y acomodaticios a los intereses partidistas. ¿Es que el socialismo y la otra izquierda puede defender mejor los intereses de los trabajadores y el interés general con esa clase dominante del nacionalismo periférico? A mi juicio, no parece ser la mejor fórmula. La portentosa capacidad del nacionalismo para la confusión de hechos culturales, económicos y políticos es notoria. Se trata, según observadores cualificados, del disfrute inmediato de todo el poder político, económico y cultural: «lingua gentem facit», quien tiene la lengua (el idioma) tiene la llave de la nación. De ahí la inmersión lingüística con la marginación del español/castellano con argucias legales. A este objetivo habrá que añadir la Agencia tributaria (consorcio económico), competencias autonómicas exclusivas, reconocimiento artificial de «deudas históricas», con una OPA en camino de materia energética... En resumen, un nacionalismo «insaciable» con sombras evidentes de regímenes autoritarios, donde existe un partido dominante, inspirado por la derecha nacionalista. Por ello, creo que camina hacia el pasado, tras romper con el Estado liberal. Se observa un nacionalismo para mantener los resortes del poder político y económico. Y si alguien discrepa de esa compañía nacionalismo-socialismo, sus defensores recurren aquel pasaje del Evangelio: «el que no recoge conmigo, desparrama». Los que creemos en España, como convicción, aspiramos a una Nación de ciudadanos en la que no haya privilegios para ninguna comunidad autónoma.