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TRIBUNA

Una narrativa llamativa

 

Manuel Arias Blanco profesor jubilado de Secundaria
04/03/2017

Últimamente la novela usa y abusa de los extranjerismos, especialmente de los anglicismos. Voces que metidas de vez en cuando nos ilustran o distraen, pero que en apariciones frecuentes nos pueden cansar. Es como si estuviéramos leyendo dos libros a la vez. Verdad es que el contexto nos ayuda definitiva y poderosamente, aunque algún que otro escritor lleve la traducción a pie de página a manera de un trabajo de investigación. Es rara esta forma, pero me ha sorprendido recientemente. Quizás nos están diciendo la buena y alta formación que nos muestran con estos alardes no sé si prescindibles. Paso a un repaso somero de algunas palabras que inundan la narrativa, sin juzgar si es acertada o no esta efusión llamativa de vocablos. Que cada cual saque sus propias conclusiones. Sandra Barneda en su novela Reír al viento nos clarifica este auge de los anglicismos.

De ningún modo nos puede sorprender que una persona que tenga glamur o sex appeal nos lleve por el camino que quiera, siempre y cuando este asombro vaya aderezado con su look. Basta recorrer de manera pausada los distintos resorts para que los flashes nos invadan y caigamos rendidos ante la chaise longue soñando aventuras y nos venza el aturdimiento como si el jet lag nos hubiera sorprendido de la noche a la mañana. Esto resulta más claro si pertenecemos a la jet set.

Seamos o no jipis, todos estamos on fire ante la avalancha que nos cerca y aproxima a la orilla más difícil. No queremos levantar la voz, sino que sottovoce pasamos por el atelier más amigo y reparamos día a día la componenda de nuestro voyage.

Podemos hacer un mannequin challange o un selfie o un andy is coming, para que nuestro momento quede inmortalizado en una instantánea insólita, pero nada nos agradará más que glosar tête à tête el filin recién nacido entre dos. Lo primero no deja de ser un hobby gracioso y mudo, mientras que el contacto eleva los egos hasta cotas flipantes. Lo primero no deja de ser un show que divierte, al tiempo que la voz y la mirada nos trasladan a esferas inéditas.

Lo esnob y el vintage nos persiguen de manera atroz a lo largo de nuestra vida. A veces, miramos al presente y lo anterior nos parece ya hortera; a veces, nos aferramos al pasado y reivindicamos lo antiguo como algo insustituible. Eso va en cada uno y sus circunstancias. Quizás el término medio, como ocurre con todo, sea el camino más adecuado. Lo guay o cool no siempre se reparte de manera justiciera, ni las circunstancias de cada cual avalan el mismo resultado.

A unos nos da por el trekking porque lo llevamos en la sangre y nadie nos apartará de este hobby; a otros les va más el shopping y merecen todo el aplauso. Peor sería andar mising por este mundo, ajeno a cualquier eventualidad y en standby, como un zombi viviente. El inconformista se impone y solo su savoir faire hará posible la conquista del más lejano sueño.

No cabe sino finalizar este paseo o promenade por algunas narrativas en alza para intuir que las modas pueden conllevar cierto peligro de contaminación futura. Es cierto que las nuevas generaciones dominarán fácilmente otras lenguas, pero cabe pensar también la posible contaminación de nuestro genuino idioma. Tal vez no signifique nada. Tal vez la riqueza que aporten esos otros idiomas sirva para prestigiar nuestro español. Mis peticiones van en esta última dirección.

De momento el Diccionario de la Real Academia Española ha admitido con alguna que otra modificación unas cuantas de estas palabras: glamur, sex appeal, look, chaise longue, jet lag, jet set, flash, resort, jipi, sottovoce, hobby, filin, snob, zombi… Las otras aún se resisten, tal vez por su juventud. Si los medios y la gente echa mano con frecuencia de ellas no podrá sino constatar en su diccionario la realidad. A algunos nos gustaría que se crearan, en el caso de que no existieran, palabras en nuestro idioma.