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cuerpo a tierra

Negacionismo fatal

 

antonio manilla
15/05/2019

Amenudo la realidad se empeña en ser real; renunciando a darse ínfulas de ficción o aires de película o spot publicitario, aparece vestida con los ropajes más modestos; se nos presenta vestida de calle, al girar una esquina, austera y pudibunda, sin que con una simple mirada seamos capaces de adivinar tras ella al íntimo enemigo mortal o al amor del resto de toda nuestra vida. Y nos damos de bruces con esa realidad y la dejamos pasar, ajenos y despistados como un adolescente. Pero la realidad existe, no se desvanece, sigue ahí, aunque seamos ciegos a ella. Es su destino cumplirse, porque es la realidad. Se está cumpliendo, aunque sea a nuestras espaldas.

Hay cosas que uno no sabe si es que no las vemos o es que no las queremos ver. Nuestros sentidos nos las muestran, pero nuestra razón o nuestro optimismo las rechazan de plano. Es un comportamiento infantil, impropio de un adulto. Cuando ocurre en el plano de los sentimientos particulares, que cada cual se apañe y se arregle como buenamente pueda. Pero cuando esa actitud negacionista llega a la cosa pública, a la administración de las cosas de todos, es un problema: igual estamos dejando pasar el tren que teníamos que coger o subiéndonos al vagón equivocado. Esquivando tomar las únicas medidas que acaso pueden revertir la situación.

Digámoslo ya: no es despoblación, es ruina. El abandono, los movimientos migratorios a la búsqueda de empleo y la senescencia o envejecimiento poblacional llevan décadas sucediendo en occidente. Algo más fresco es la ausencia de crecimiento vegetativo, lo que se ha llamado el «invierno demográfico». Todo ello compone un paisaje abocado tarde o temprano al desastre, a ese desierto humano que ya se deja ver incluso más allá de las aldeas. No vale una política de paños calientes, medias tintas o medidas cautelares. Lo suyo, a estas alturas, no es parar la sangría o detener la gangrena, sino la cirugía. Hacer lo que todos hacen ni es suficiente ni va a solucionar nada. Es fatal este negacionismo alcohólico que se resiste a ver lo evidente. Que se niega a admitir —quizá por carecer de imaginación para combatirlo— cuál es el problema y la realidad q?ue genera: una región en demolición. Como le dijo Bill Clinton a Bush padre en 1992, y ganó las elecciones pese a ser casi un desconocido para los votantes norteamericanos: «¡Es la economía, idiota!».





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