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LA LIEBRE

No vi a Jesús Vidal

 

ÁLVARO CABALLERO
10/02/2019

Estuvo aquí mismo. Apenas cinco pasos más allá del lugar en el que me siento ahora. Tenía uno de los ordenadores que miran hacia la pared de los despachos de dirección, como recuerda María Carnero, que compartió con él varios meses en lo que entonces era la incipiente edición digital del periódico. He intentado recordarlo. Pero tengo que admitir que no aparece en mi memoria. Ni una sola imagen, ni una vaga anécdota que lo vincule al traqueteo desbocado de tecleados de la redacción del periódico, ni un apunte que hiciera saltar el resorte cuando apareció en la tele e Inés y los niños, que ya habían visto la película en el cine, saltaron del sofá para señalar con el dedo a la pantalla con la intención de mostrarme que ese actor era de León. Ni siquiera en ese momento se me conectó nada, a pesar de que había compartido semanas en un mismo espacio con esa persona. En todo ese tiempo, tengo que reconocer que no vi a Jesús Vidal.

Pensé en ello el otro día, cuando se subió al escenario de la gala de los Goya para dejar un testimonio imprescindible para la educación de una sociedad todavía ajena a los tres valores en los que resumió su alegato. Inclusión, diversidad y visibilidad quedan bien como eslogan, pero se trasladan de una manera muy confusa a la realidad. La lucha por la conquista de estos tres principios no tienen nada que ver con la sensación facilona que nos queda en el cuerpo por haber empatizado durante hora y media con lo que cuenta la película, que debería ser obligatoria en los colegios, sino en la decisión de no tratarlos con condescendencia, ni orillarlos, en la vida diaria. El apoyo a estos colectivos no es que las administraciones se hagan las campeonas de manera gratuita al rebufo del premio, sino que incluyan las políticas de integración como parte de los planes de empleo y cumplan con las subvenciones, sin retrasos en los pagos que hagan que les quiten una hora de contrato porque no les pueden subir el salarial mínimo. Quizá todo empiece por asimilar la lección que expuso Vidal en su discurso cuando, como si fuera el zorro del Principito, nos contó que su madre le enseñó a «ver la vida con los ojos de la inteligencia del corazón». Es una pena que no le viera entonces. Ahora, ya sé que tengo que fijarme más. Mirar no siempre sirve para ver y uno se pierde a personas maravillosas.

   
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