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CUARTO CRECIENTE

Ni odio, ni rencor

 

CARLOS FIDALGO
02/02/2017

Todavía hoy, a los cuarenta y un pico de años desde la muerte de Franco y el comienzo de la Transición, hay mucha gente que piensa que los muertos de la represión que ejerció el dictador y su régimen autoritario están mejor donde están. O sea, en las cunetas. O en el monte, en un pinar frondoso. O en fosas anónimas en los cementerios.

Todavía hoy, que Franco es una página cerrada en los libros de historia, hay quien cree que es mejor no remover las cosas, no levantar más polvo cambiándole los nombres a las calles y dejar a los muertos ‘en paz’, dejarlos donde están porque ‘algo harían’ para merecer un final tan atroz, y porque sólo así fue posible la reconciliación. Es un argumento infame, que en su momento ya sirvió para justificar la Ley de Amnistía; un apaño que debería derogarse cuanto antes porque no tuvo en cuenta el dolor de las víctimas y de sus familiares, otra vez condenadas a callar o a que las instituciones no les escucharan, y extendió una sensación de impunidad que a la larga explica más de un vicio de nuestra democracia.

Todavía hoy hay quien abre la boca para acusar a los que quieren exhumar a las víctimas, retirar los nombres de los verdugos de las calles y rehabilitar la figura moral de los condenados a muerte por ser fieles a la República, de sembrar odio y alimentar el rencor. Sin duda, quienes piensan así y se atreven a decirlo —el discurso de Nochebuena de Felipe VI les ha dado nuevos vuelos— no tienen a ningún abuelo en una cuneta, ni desconocen qué fue de su padre cuando se lo llevaron de casa, ni les molesta que un general sublevado siga nombrando una plaza pública.

Pero no es odio. No es rencor. Es vergüenza. Vergüenza de vivir en un país donde ochenta años después de una guerra civil espantosa todavía hay más de cien mil desaparecidos. Cien mil razones para que al Comandante Manso, el militar sublevado que entró en Villafranca del Bierzo en 1936, por ejemplo, se le retire el nombre de la avenida que le recuerda para que a partir de ahora lleve el del alcalde Antonio Gabelas y la corporación municipal fusilada.

Y no es venganza. Es desagravio. La única forma de cerrar una herida que no ha dejado de sangrar. Aunque algunos todavía no se hayan dado cuenta.

   
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