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cuerpo a tierra

Lo de las pocas luces

 

antonio manilla
09/01/2019

A los gobernantes les importuna la filosofía porque es la verdad sin ilusiones. Fría como el hielo. Desnuda y pura. Y en política no importa nada la verdad, tan solo las ilusiones. De ahí el éxito de la posverdad, que es una mentira dulce como el regaliz. Y el advenimiento del populismo, de la ilusión primaria y sin matices, reactiva, que, al presentarse aislada de su contexto, tanto se aproxima al engaño. Azorín, aquel mago alicantino al que habría que volver a leer, creía que la clave de todo estaba en el pormenor, que es como decir en el adjetivo o en la letra pequeña de los contratos. Comprando al detalle es muy difícil que nos cuelen materia defectuosa, la trampa casi siempre se produce en las adquisiciones a granel. El que mucho abarca, poco navega.

Entre tanto portal de transparencia, que a veces parecen haber sido creados como veladura, políticas de puertas abiertas y abrazos al por mayor, todavía se cuela de cuando en cuando alguna tiniebla, como la de las luces navideñas, que han iluminado las calles del centro pero nadie sabe cómo ha sido. En Poridad han sido claros: hay luminarias y sanseacabó. Lo mismo podían haber declarado, en un regate de cuñadismo tan propio de estas fechas, «será por dinero», pero entonces habrían sido oscuros. La oposición, como corresponde, ha bufado lo suyo, pero creo que no han sabido llegar al fondo del asunto, que no era tanto quién pagó todo eso sino de dónde demonios salió el osito gigante que este año pusieron donde el pesebre de Belén. Con un poco de investigación por las redes, por lo menos habrían sabido qué otros concejos lucieron anteriormente semejante anomalía animalística. E igual, tirando de ese hilo, llegaban a descubrir algo, no digo concluyente, pero algo, que a veces parece que nada más están para echar el berrinche.

Volviendo a Azorín y a la filosofía, porque no querría uno empezar este año electoral perorando de política municipal tan solo, ni de las pocas luces del ayuntamiento, volviendo a aquel escritor que tanto admiraba las cocinas provinciales de nuestro país, no deseamos dejar pasar la ocasión de congratularnos por la recién otorgada estrella Michelín para el restaurante Pablo, otro mago, en este caso de los fogones, que con productos de la tierra está sublimando nuestra gastronomía, haciendo verdad de ella, placer para los sentidos y luz.



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