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TRIBUNA

«Poner el ramo al Pelayo»

 

HÉCTOR-LUIS SUÁREZ PÉREZHÉCTOR-LUIS SUÁREZ PÉREZ 14/07/2007

EN NUESTRA ciudad, y tras el siglo XX, como ocurre en otras muchas de su entorno geográfico, pocas son las tradiciones vinculadas a cultos vegetales ancestrales que, a su vez y en relación con nuestro patrimonio costumbrista local, han logrado sobrevivir al desuso y el olvido. Manifestaciones éstas que, además, algunas ya en su día oportunamente habían mutado, tornando en urbanos arcaicos vestigios propios de un entorno rural natural. La provincia y la propia capital, como numerosos territorios del noroeste ibérico, han mantenido a lo largo del calendario y ciclo anual múltiples restos correspondientes a este tipo de manifestaciones, presentándose bajo diversos formatos y significados en cada contexto, muchos otrora cristianizados. Véanse brevemente varios ejemplos. Comencemos su desglose por hacer mención de algunos ramos tradicionales, dotados como manda la costumbre de elementos vegetales para su adorno. Ramos que con posterioridad a su factura son ofrecidos y cantados a lo largo del año por todas nuestras comarcas. Es curioso destacar que persiste en Cea la costumbre de realizar todavía uno íntegramente vegetal, presentado sin bastidor de carpintero, que es protagonizado por los quintos y quintas todos los años como ofrenda cantada el día de la Candelaria. Otro ejemplo genérico lo constituye, en relación con las bodas, el tradicional adorno con enramadas de los pórticos de las iglesias. Así como el de los portales de los domicilios de novio y novia, además del propio «rastro» de paja, tendido en el itinerario comprendido entre la iglesia y ambas casas. Por no olvidar además el embellecimiento vegetal de carros, sillas y mesas de banquete, etc. según la costumbre de cada pueblo o comarca, e incluso de la misma capital. Representan otra expresión en esta línea los pequeños arcos vegetales que portan algunas mozas en procesiones de romerías como la Virgen del Villar, en Carrizo de la Ribera, o en el cortejo capitalino de las cantaderas, por mencionar alguna. Algo parecido también tenía lugar en ceremonias, hoy menos habituales, como eran las de la celebración «del cantamisa», o ingreso al sacerdocio de un hijo del pueblo. Durante su vertiente profana y festiva éste era obligado por sus vecinos, familiares y amigos a sentarse en gestatoria silla enramada. Justo es mencionar que algo similar también se verifica en los contenidos de las canciones pertenecientes al repertorio de la novia, entre otras celebraciones, en las bodas maragatas. Pero, a todo ello hay que añadir que, bien delante de la iglesia o de la casa natal del religioso, era costumbre que los mozos pinasen un mayo honorífico, con el chopo mas esbelto del contorno comunal. El último en el barrio de Santa Marina en esta línea se realizó allá por los años sesenta en los aledaños de la calle de la Hoz. Otro tipo de ramos, ajenos al culto religioso aunque frondosos y cuajados de lazos o adornos, eran y todavía continúan siendo llegada la primavera y en especial en muchos pueblos durante la noche de San Juan, los que los quintos del año, con nocturnidad y secreto, ponían a sus novias o a las quintas, sujetos a sus balcones, puertas o cornisas. Igualmente, el concluir la puesta del techo o tejado a una nueva construcción, aún implica la colocación del ramo. Consiste en este caso en una simple y frondosa rama, a veces acompañada de una bandera, dispuestas en lo mas alto, que implican la consabida invitación a un ágape a los amigos, vecinos y familiares, a modo de celebración. Por su parte y bien con la llegada del mes de mayo, en muchos lugares de la provincia, como entre otros ya recoge Cayetano Bardón a fines del XIX en sus celebérrimos Cuentos en Dialecto Leonés relativos a tierras orbigueñas, se pinaba el árbol pelado conocido como el mayo, ya aludido anteriormente en su otra modalidad vinculada al homenaje al nuevo sacerdote local, conocido como misacanto o misacantano. Mayo que en algunos lugares, como tradicionalmente ocurre cada año en varios pueblos del entorno de las riberas bañezanas del Jamúz, se dota de un pelele de paja de perfil antropomórfico. Tras el mes de mayo, viene la festividad del Corpus y muchos de los lectores seguro que recuerdan como eran tapizados los pavimentos de los respectivos recorridos procesionales a base de espadañas, tomillos, retamas y otras hierbas aromáticas. Esto sucedía incluso en nuestro vecino barrio de San Martín para el Corpus Chico de Minerva. Pétalos de los niños de comunión, arcos en el recorrido, altares floridos, o ramas apoyadas en las paredes del mismo recorrido sacramental, e incluso alfombras vegetales, nos obligan, por razones de espacio, a cerrar esta pequeña aunque incompleta panorámica. Como colofón hay que añadir que, desde tiempos romanos, como entre otros vestigios nos muestra la arquitectura, las guirnaldas y enramadas vegetales han flanqueado jubilosas tanto los desafiantes arcos de triunfo, destinados a perdurar en el tiempo por su factura en piedra, como sus homónimos de carácter efímero. Es el caso de los que en su día se erigieran provisionalmente, por ejemplo, en Ordoño II y durante el siglo XX, en honor del rey Alfonso XIII o del general Franco, con motivo de algunas de sus visitas a esta localidad. Pero todo este preámbulo halla su justificación en subrayar la fortuna de la que ha disfrutado nuestra ciudad, al haber podido conservar vivo hasta los años sesenta del pasado siglo, un vestigio relativo a dicha tradición festiva y vegetal de las enramadas de monumentos. Me refiero a la puesta del ramo del Pelayo. Costumbre que efímeramente fue retomada desde 1980 hasta 1985 por algunos mozos del barrio, entre los que en su día me encontré, y que para satisfacción de muchos, resurgirá en la actual edición festiva del barrio de Santa Marina. Eso sí, gracias al hecho de habers e recuperado meses atrás la imagen del «Pelayo» coronando el arco. Por cierto, flamantemente restaurada por nuestro querido Valentín Yugueros. Sobre este asunto y para llevarlo a efecto del modo óptimo, quizá de cara a próximas ediciones, habrá que estudiar como conjugar procederes y maneras dictadas por la tradición y escrupulosísimas intervenciones respetuosas con la legislación vigente sobre la protección del patrimonio histórico-artístico y la del patrimonio natural y medio ambiente. Pero, aunque como resulta lógico y obvio por lo dicho, en la actualidad y a diferencia de antaño ya no se debe consentir el trepar anárquicamente al arco a una tropa de «alegres» mozos portando «a pelo» dieciséis o dieciocho metros de enramada. Enramada mas o menos gruesa y destinada, tras ser paseada a bombo y platillo cívica y procesionalmente por las calles del barrio, a coronar la entrañable imagen «del Pelayo» y los dos pináculos que la flanquean. Monolitos ambos que a la par eran dotados de sendas banderas de León y España. Y sin olvidar el bajar la espada del guerrero en señal de tregua, mientras se tiraban cohetes desde esa altura y entonábamos con los de abajo el «Somos de Santa Marina¿», como preámbulo a la hoguera, el enorme «mazapán de mas huevos», el arroz con leche, la queimada y el chocolate, la carrera de la rosca, las verbenas¿ Por esto, hay que felicitar y alentar a la Asociación de Vecinos del barrio de Santa Marina, así como a todos los vecinos en general, por que, entre otras iniciativas, se halla hecho el esfuerzo de contribuir a la recuperación de una tradición que forma parte de nuestro innegable patrimonio inmaterial y costumbrista relativo al género de manifestaciones vegetales expuestas.

   
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