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cuerpo a tierra

Primera primavera

 

antonio manilla
10/04/2019

Viene la primavera. Usted, que acaso ya no es un adolescente, se enamora. Siente, como todos los enamorados, independientemente de su edad, que ti?ene el corazón latiendo de prestado. Y que hace el mismo ruido que el motor de un Ferrari. Camina por la calle y sospecha que su enamoramiento ha salido publicado en los periódicos, que todos aquellos con cuantos se cruza están al tanto de su recaída sentimental. Pasea con los ojos bajos, hurtando a su mirada el milagro de escotes y otros balcones florecidos, que reverdecen bajo el aire templado, rompiendo las ataduras del invierno. No le importan ya la realidad ni el alrededor: vive el ideal de un mundo interior como si súbitamente hubiera vuelto a ser un niño.

Todo amor ocurre siempre por vez primera. Es una flor que se abre desde el botón aunque nada más sea para dejarse picotear por los gorriones hambrientos que han sobrevivido al invierno, un renuevo suicida que se alza desde esa oscura víscera incomprensible que es el corazón. Nacimiento y renacimiento a la vez, es, como dijo el poeta, ese «mañana necesario» que convierte al presente en innecesario y a las noches en un ensueño de blanco satén. En el tiempo de cerezas de la infancia que su nostalgia de ahora adorna con una furtiva lágrima que alcanza lentamente la barbilla como las cerezas llegaban como una ofrenda de inocencia hasta las orejas de aquel inolvidable y acaso insensato primer amor, el que quizá tuvo más verdad, porque no existió: sobrevino hermanando inocencia y belleza y nunca llegó a convertirse en esa barca que se estrella contra los acantilados de la vida.

Quizá en eso consista el secreto de ser niño que el amor resucita: en vivir fuera del mundo y su transcurso, ajeno al tiempo, en un tiempo interior donde el sol no se consume mientras brilla y los campos tampoco se marchitan bajo la inclemencia de una anciana estrella que lentamente camina hacia su extinción. Un espejismo alado.

Una ilusión atemporal donde no existen muerte ni alumbramiento, ni principio ni fin, únicamente el ahora perpetuo de la infancia y el amor. La libertad sin límites, blanca como el polvo de estrellas, urdiendo sueños en la negra noche nada más que para usted, afortunado, aunque no lo crea, que está padeciendo sin un achís la alergia y los rubores de aquella primavera primera.

   
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