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Rita la cantaora

 

AL TRASLUZ EDUARDO AGUIRRE
23/04/2019

Lo vengo repitiendo desde hace años: el mitin está muerto como captador de nuevos votos. Eso de hacer la ola al político hizo aguas hace mucho, si se me permite el chapuceo de palabras; lo mismo que los carteles, banderolas y buzoneos. También denotan desgaste los debates en televisión, fórmula necesitada de más de un golpe de plumero. Son necesarios, pero tampoco crean las expectativas de antaño, pues vivimos rodeados de verborreas. Casi se agradece un poco de silencio. «El pressing catch ofrece muchas más posibilidades», apuntará mi lectora pacifista. En efecto, señora, también el lanzamiento de cuchillos. Seamos serios, serias y series. Debatir conlleva, para que no sea una mera exhibición de ofuscaciones, estar abierto a las razones del otro, o como mínimo poner respetuosamente la mente en blanco mientras habla el rival.

Lo contrario no es debatir sino un primero te descalifico yo y luego me descalificas tú, para degenerar en un descalificarse todos a la vez, sin respeto al turno de descalificación. Como decía Kojak, aquel policía del chupachup: «¿Me lo dices o me lo cuentas? Por supuesto, no cuestiono el noble arte del debate. Me gustan entre dos candidatos, tres son multitud. Y cuatro o más, camarote de los Marx. Aunque debatir por debatir, tampoco. Varias veces al día mi hemisferio derecho debate con el izquierdo dónde he dejado las gafas. Y estaban donde dijo mi mujer. Touché.

Además, los índices de audiencia obtenidos no señalan cuántas veces los espectadores exclamaron: «¡A este le va a votar Rita la cantaora!». Eso queda ya en la intimidad del salón de cada cual, salvo que se haya bramado muy alto y ahora lo sepa toda la escalera, la propia y la del presidente del CIS.

No es que los españoles hayamos perdido interés por nuestras elecciones, simplemente, hemos dejado de chuparnos el dedo democrático. No necesitamos ponerle apoteosis al voto que daremos. Son los indecisos quienes siguen preguntándose de qué color es el caballo blanco de Santiago. Uno lo barrunta sin necesidad de preguntárselo al jinete. ¿Azul, rojo, naranja, morado, verde? Si lo escribo aquí muchos no me van a creer. «¡No!, ¿de verdad?». Como si lo viera. ¿Te lo digo o te lo canto?, que diría Rita.

   
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