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fuego amigo

Románico de cielo abierto

 

ernesto escapa
02/03/2019

Haciendo justicia a su nombre, Montealegre se encuentra aupado en un altozano sobre el arroyo de La Silva, en cuya compañía bajaba la olvidada calzada jacobea desde Manzanal del Puerto a la vega de Bembibre. Hasta que el derrumbe minero acabó con todo, Montealegre ya había recuperado su fibra de pueblo mestizo, con niños y motocicletas agitando sus calles, después de haber superado varias décadas en abandono antes de recobrar la algarabía. Uno de los ramales del Camino de Santiago, ya casi olvidado, aprovechaba el asiento de una calzada romana para descender al Bierzo por el puerto de Manzanal. ¿Qué ocurrió para que esta ruta fuera relegada por la no menos inhóspita de Foncebadón?

En los confines de la Maragatería los peregrinos depositan un guijarro en la Cruz de Ferro para cruzar sin temor los abismos que median entre el monte Irago y el Meruelo. Todas las sendas tienen su encrucijada temible, un quiebro aciago que alberga el espanto, y también la ruta jacobea. De hecho, la experiencia de los peregrinos fue fijando a través del tiempo los pasos más fiables para sortear la asechanza de los montes y la emboscada de los desfiladeros. Con el desvío jacobeo, los cepedanos empeñados en el desarrollo de su comarca trazaron por estos parajes la ruta secreta del Górgora, que entre robles y castaños conduce al viajero hasta el asombro de la cola del diablo, que vierte en un enclave mágico pero un tanto ominoso.

Por esta zona la vía del ferrocarril centenario enrosca su trazado en el lazo que asistió a la tragedia del 3 de enero de 1944, que sigue siendo el siniestro español del raíl con mayor número de víctimas. En el fondo del valle asoma la espadaña vacía y los hornos del ábside de la iglesia románica de San Juan de Montealegre, declarada Bien de Interés Cultural en 1993. Las ruinas ocupan una hondonada ya limpia de escombreras y libre del trasiego violento de camiones de los años negros. Nada que ver con el jugoso valle descrito por Gómez Moreno, quien fotografió hace un siglo la iglesia románica enhiesta de ábsides policromados y capiteles corintios.

Estos desechos, a los que la declaración monumental llegó con evidente retraso, vivieron un primer conato de traslado al poblado de Compostilla diez años después de su ruina bélica, pero el intento fracasó por exigencias del ecónomo de Astorga. Luego, con la euforia de los Veinticinco Años de Paz, las autoridades leonesas emprendieron un plan de mudanzas monumentales que sólo cuajó en parte, con el traslado a la capital de las ruinas de Eslonza y del palacio de los Prado de Valdetuéjar. Pero ni se movió de su sitio Escalada, para decorar la carretera de Asturias, ni estas piedras de Montealegre fueron a ennoblecer la puerta de León en Albires.