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cuerpo a tierra

Sin píxeles no hay paraíso

 

antonio manilla
13/03/2019

Aunque en realidad él nunca lo dijo, siempre se atribuye a André Malraux la contundente afirmación de que «el siglo XXI será religioso o no será». A mí me parece que caminamos más bien hacia un hombre y un siglo domésticos, inclinados al estar en casa, con el ocio incrustado en el corazón del hogar y una cada vez más delgada interacción social. La misma tecnología que nos ha traído el mundo hasta la puerta nos induce a trasponer cada vez menos ese umbral, a no pisar el mundo sino para lo imprescindible. El ser en los otros, en comunidad, lo que llamamos sociabilidad, aparenta padecer cierta decadencia, sobre todo si miramos más allá de las terrazas de los bares en agosto. La religiosidad, por su parte, se ha desviado o desvirtuado hacia expresiones subcutáneas, más clandestinas que las catacumbas, porque vivimos unos tiempos en que la única manifestación de la intimidad que está bien vista es un grafiti compartido en tu propio muro, a ser posible un paraverso, una chanza o una cita de autoayuda.

El simulacro de vida que inducen las pantallas ya es materia de estudio dentro de las adicciones, pero todos pensamos que eso es cosa de los otros, cuando en realidad lo es de casi todos. Antes, cuando uno no estaba ocupado, perfeccionaba alguna afición, salía de paseo o acudía a la plaza pública de un bar o una sala de cine. Actualmente, el hombre que no tiene nada que hacer ya no respeta ni la sacrosanta siesta: se descarga un juego, se engancha a una serie o chatea con los amigos entre bostezos de hipopótamo y cabezadas de caballo. Hasta ligar se puede con una aplicación, sin hacer el ridículo ni ruborizarse ni nada, que era una parte sustancial del conocer a la pareja en el antiguo régimen de los añorados ochenta. Y, aunque en esta materia todavía se exige cierta asistencia presencial, quizá no estemos muy lejos de proclamar, también en este asunto, que sin píxeles no hay paraíso.

Este no saber vivir y relacionarse al margen de lo digital supone una decadencia de lo tangible, cierto exilio de lo físico y ya no digamos de lo corporal. A más conexión, nos parece, menos interacción personal. Se impone un movimiento que promueva el salir de casa. El hombre y la mujer del siglo están faltos de compañías, aunque sean malas compañías.

   
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