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RÍO ARRIBA

Sombreros sin cabeza

 

MIGUEL PAZ CABANAS
06/02/2019

Vivimos en la era de lo micro. Aunque ya estaban bajo el foco de las autoridades sanitarias, hemos descubierto recientemente los microplásticos (partículas de menos de cinco milímetros), cuya celebridad se debe a que están presentes, como una especie de plasma universal, en casi todo lo que conocemos: desde productos fitosanitarios a cosméticos, incluyendo detergentes, suavizantes, tintas y, nada menos que suplementos alimenticios o artículos farmacéuticos. Esto último es para hacérselo mirar, porque no sé a ustedes, pero a mí la idea de que me vendan grageas o pechugas de pavo con trocitos de plástico me parece una aberración.

A lo mejor todo responde a una moda, o peor, al enésimo intento de idiotizarnos y hacernos tragar con ruedas de molino (en este caso, piedritas de molinillos). Empezaron con la cocina de autor, desde luego, y esos platos minimalistas que eran un insulto al apetito y al bolsillo; pero fíjense en la tendencia actual de los trajes de caballero, cuya estrechez y reducción llegan al absurdo: no solo es que tiren de la sisa y obliguen a sus propietarios a soltarse el botón constantemente, sino que son tan ridículamente pequeños que hacen pensar en aquellos menesterosos que heredaban la ropa de su hermano mayor y caminaban por las plazas de provincias con las canillas al aire. Descacharrante. El asunto ha salpicado también a los restaurantes hípster, donde las dimensiones de las mesas y las sillas, y la inexplicable ausencia de perchas, convierte la experiencia culinaria en algo propio de acróbatas: has de comer con el abrigo sobre las piernas, tener tu culo pegado al de otro cliente, apretar los codos como si fueras un ganso y hacer equilibrios para no tirar la botellita de aceite cuando te atreves a estirar tímidamente el tenedor. Me dice mi hija que es lo que se lleva y que ese amor mío por las tabernas con mesas anchas y manteles de hilo, y espacio suficiente para colgar el gabán, es cosa de señorones rancios y con poca cintura (por lo del carácter inflexible, no por la rigidez de la panza), incapaces de disfrutar de tendencias ‘cool’ y servicios emergentes en ciudades modernas. No sé. Debajo de todo esto a mí me parece que hay otra cosa, casi me atrevería a decir que una conspiración, un martirio que aceptamos con resignada indulgencia: desde los viajes ‘low cost’ en aviones que parecen cajas de cerillas, a esas boutiques del pan donde las hogazas y los bollos preñados han pasado a mejor vida. Todo enfocado al pensamiento mínimo y único, como si lo que de verdad pretendiesen es jibarizar nuestras mentes, como paso previo a la apoteosis final: millones de idiotas intentando meter sus cabezas en sombreros de talla liliputiense.

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