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HOJAS DE CHOPO

La Transfiguración

 

ALFONSO GARCÍA
24/06/2019

Hay un porcentaje notable de políticos que se mueve en los riesgos que pueden desvirtuar los auténticos principios de la democracia. Estos parecían descender el pasado día 15 del Monte Tabor —o cualquier tesillo de la supremacía y la soberbia— totalmente transfigurados, con la circunferencia esplendorosa de la santidad adornando sus cabezas, vacías en algunos casos. «Los ciudadanos han hablado alto y claro y han dicho qué opción prefieren», se han apresurado a decir casi todos desde todos los ámbitos del mapa ideológico, si es que tal mapa existe. El que parece próximo mandamás de esta Comunidad que no existe porque le falta el espíritu de cohesión, concretó ese enunciado genérico: la opción elegida es que gobiernen los populares. Lo que no quieren los ciudadanos, a tenor de los votos, es que gobiernen los socialistas. Uno admira esa capacidad de penetrar en la mente de todos y cada uno y determinar la interpretación de su voluntad y la suma de todas. Pura transfiguración de capacidades divinas. Nunca pensé que el Tabor estuviera tan cerca del Olimpo.

Naturalmente que todos los pactos son legítimos. Pero siempre, no cuando nos conviene, sin descalificaciones en ningún caso por ninguna de las partes. Uno tiene la sensación de que todos contienen mentiras a raudales, posiblemente convencidos los autores de que forman parte del proceso, o que los votantes somos gilipollas. O ambas cosas, máxime cuando cada vez más nuestro voto vale menos porque se gestiona en otras latitudes, léase Valladolid o Madrid, vendidos o trucados —el trueque es vieja fórmula, pero dañina en política— en una especie de gran mercado persa. Esta relativización del voto puede conducir, conduce de hecho, a la dependencia de las minorías por las que no han apostado las mayorías. Las consecuencias del pago pueden ser muy altas porque en este caso, y en otros, los pactos más parecen repartos, con rima asonante o imperfecta. La imperfección llega desde la convicción real de que se habla más de sillones, sueldos y puestos que de proyectos, acciones y necesidades. Pregunten a los ciudadanos por este ombliguismo los que adivinan su voluntad, aunque, parapetados posiblemente en el pensamiento único, ya no les interese saberlo. Cuatro años no son nada.

Se supone, o se deduce que tal reparto lleva implícito la multiplicación de los panes y los peces, me entienden. A uno le gustaría saber el precio real de la operación, aunque ya sé que será inútil. Aquí los milagros se repiten.





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