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TRIBUNA

Tréveris y la ‘Conciencia del mundo’ marxista

 

Tréveris y la ‘Conciencia del mundo’ marxista -

Eugenio Nkogo Ondó Catedrático de Filosofía, jubilado
21/05/2018

La pequeña e histórica ciudad de Tréveris, situada en el flanco suroeste de Alemania, ha celebrado recientemente el 200 aniversario del nacimiento de su hijo predilecto, Karl. Marx, que vino al mundo al rayar el alba del 5 de mayo de 1818. En dicha efeméride, según ha informado Europa Press, el gigante asiático ha decidido agasajar a esa villa con una estatua de más de seis metros de altura, dedicada al ilustre pensador, firmada por el escultor chino Wu Weishan, que se colocó frente a la Porta Nigra, un portón romano declarado Patrimonio de la Humanidad. Aunque le hecho haya sido criticado por algunos ciudadanos, por motivos personales o ideológicos, eso sí que nos ha brindado una buena oportunidad para evocar el eco que la doctrina del filósofo alemán ha alcanzado y sigue alcanzando hasta hoy en el mundo entero.

Su imagen alzada en un lugar privilegiado y ovacionada por la multitud al ser descubierta, es, para mí, un dato muy significativo en la medida en que me lleva a una evocación inmediata a sus adeptos inflexibles. De forma especial, me trae a la memoria la figura de Jean-Paul Sartre, uno de los más admirados de la pléyade de los grandes intelectuales marxistas franceses del siglo XX, entre los que se encontraban Louis Althusser y Roger Garaudy, y fundador del existencialismo radical, plantado en la Cour d’Honneur de la Sorbonne, el centro del Barrio Latino, en París, y rodeado de su habitual público efervescente, en mayo de 1968, o montado en un tonel delante de Renault-Billancourt, dirigiéndose a los obreros, en 1970.

La actividad polifacética de este modelo de realización, que encarnaría a la perfección L’Homme révolté de Albert Camus, había superado los límites internacionales de tal manera que la voz de su cosmovisión retumbó, como la del mismo Marx, en todo el globo terráqueo. Desde la aparición de El ser y la nada, ensayo de una ontología fenomenológica en la que, entre otras profundas reflexiones sobre la historia del ser, quiso diseñar la teoría de un psicoanálisis existencial, con la finalidad de aplicarla a la problemática humana, pasando por el primer tomo de la Crítica de la razón dialéctica, precedida de Cuestiones de método, marcanndo las líneas generales de una filosofía de la historia incompleta donde el Existencialismo aparecía como un enclave dentro del Marxismo, hasta llegar a la serie de las 10 Situations, en las que encontramos Situations, V Colonialisme et neo-colonialisme, su obra fue una especie de mirada crítica al mundo, como si fuera a través de un espejo. Por eso, Herbert Marcuse le dio, con gran acierto, el apodo de ‘Conciencia del mundo’. Si recordamos que Marcuse fue el mejor representante marxista de la Escuela de Frankfurt, que decidió quedarse en los Estados Unidos donde, contra viento y marea, logró desarrollar una filosofía digna de mención, cuya experiencia nos legó en sus obras fundamentales, Raison et révolution y L’Homme unidimensionnel, nos daremos cuenta enseguida de que esta expresión: «Conciencia del mundo», que con tanto gusto he tomado de él, fue el símbolo de una forma de afirmación del acervo marxista como la filosofía insuperable de la época.

En efecto, los debates públicos, televisivos, llevados a cabo sobre el tema, en Francia a mediados de la década de los setenta, daban a los investigadores objetivos la impresión de que los conservadores, algo nerviosos, no hacían más que repetir los tópicos de siempre para descalificar la filosofía marxista.

En semejante confrontación, cabe señalar que Marx tuvo más aciertos que desaciertos. Cuando, en el Manifiesto Comunista, afirma, junto con Engels, que «La historia de todas las sociedades humanas habidas hasta hoy ha sido una historia de la lucha de clases», no se dio cuenta de que eso era una consecuencia de la estructura vertical de la sociedad occidental que ha propiciado la dominación de las clases superiores sobre las clases más bajas, una característica que no podía ser universalmente aplicada a otras culturas del mundo dotadas de una estructura social horizontal. Sin embargo, cuando matiza la naturaleza de las facciones enfrentadas, desde el hombre libre y el esclavo, patricio y plebeyo, en la Roma clásica, pasando por el barón y el siervo de la gleba, el maestro y el oficial del gremio, en la Edad Media, hasta llegar al burgués y al proletariado, en la era Moderna, dicha lucha será transportada a otros continentes por la expansión colonial, como él mismo lo reconocerá más tarde. Anticipando su transcendencia a través del tiempo, aclamará: «¡Proletarios de todos los países, uníos!». Por esta acertada prevención, le han acusado de haber querido terminar la historia con la revolución proletaria y han hecho hincapié en «la dictadura del proletariado», haciendo caso omiso de que, para él, eso no significaba ningún corte o ningún fin de la historia sino su continuación o su paso a otra fase, demuestran haber hecho una lectura rápida de sus ideas.

Para seguir bien el curso de su desarrollo, es preciso entrar de lleno en El capital y en su punto de partida, la mercancía, que se define como el objeto que, en lugar de ser consumido por el productor, es decir el trabajador, se destina al cambio o a la venta, con lo cual implica necesariamente dos valores: el de su uso, es decir de su utilidad para satisfacer las necesidades de las personas, y el de su cambio o cuantía que requiere su adquisición. Esta era la forma elemental, digamos, inherente a la sociedad en la que domina el régimen de producción capitalista. Aquí, si la sustancia del valor es el trabajo, eso indica que la medida de la cantidad de valor es la cantidad de trabajo que, a su vez, se mide por su duración, es decir por el tiempo que lleva su proceso. Bien explicado, en el método a seguir en la elaboración de cualquier objeto, de cualquier mercancía, intervienen la fuerza de trabajo y el tiempo necesario para ponerla al cambio o a la venta. La relación de producción de esa o de esas sociedades estará regida por su carácter estrictamente mercantil. Este será el eje entorno al cual gira la doctrina del Materialismo histórico.

Así asegura, en las tesis 10 y 11 de las XI tesis sobre Feuerbach, que «El punto de vista del materialismo anterior es la sociedad burguesa; el punto de vista del nuevo, la sociedad humana o humanidad social» y que «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos. De lo que se trata es de transformarlo». Convencido de que eso sería posible mediante la praxis, la acción, tras estas premisas, en Para la crítica de la economía política, apunta las notas definitivas de su sistema filosófico, donde sostiene que, a lo largo de la historia, tratando de su propia subsistencia, los hombres han entrado, entran, constantemente en relaciones económicas, necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas positivas materiales. «El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, o sea, la base real sobre la cual se alza una superestructura jurídica y política, a la que, a su vez, corresponden formas distintas de la conciencia social». En otros términos, el único elemento determinante de la historia, el decisivo, es la estructura económica de la sociedad, mientras que la superestructura no es otra cosa sino su reflejo o su sombra que puede, en cierto modo, participar de su historicidad…

Intentado clarificar un poco más sus ideas, puntualizará, en La ideología alemana, que «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida es la que determina la conciencia. En la primera forma de ver, se parte de la conciencia como individuo viviente; en la segunda, que corresponde a la vida real, se parte de los mismos individuos, reales y vivientes, y se considera a la conciencia únicamente como su conciencia», es decir la conciencia colectiva. Esta es la triple conciencia marxista, la de aquellos que, de una forma o de otra, al tomar conciencia de sí mismos, sean capaces de embarcarse en ese ideal o proyecto que propone la transformación del mundo. En otro nivel, es obvio que, en la actualidad, debido al imperativo de las circunstancias, sin haber leído a Marx, aquellos que en cualquier sistema de producción se sientan amenazados por la explotación, cada vez más desorbitada, del capital, de sus defensores o representantes, se organicen, constituyan unidades coherentes en defensa de sus intereses.



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