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cuerpo a tierra

El turista sentado

 

Antonio manilla
19/06/2019

Se ha hablado ya tanto sobre la distinción entre viajero y turis?ta, que no creo que exista nadie que sea incapaz de diferenciarlos, aunque no caminen detrás de un paraguas de colores. Sobre lo que no sé si se ha reflexionado algo es sobre la conversión del turista, esa degeneración del viajero, en pasajero, que es la degeneración de segundo orden del turista que parece estar imponiéndose: las personas tratadas como mercancías con oídos y ojos a las que se transporta apresuradamente de un sitio a otro, a ser posible sobre las ruedas de un trenecito turístico, como si todas tuvieran su movilidad reducida. En una primera instancia, claro, se piensa en lugares enormes e inabarcables o en sujetos de cierta edad, cuya forma física ya no es lo que era, y parece que está bien. Pero, si se sigue reflexionando —al comprobar que localidades pequeñas y andariegas también han implementado este servicio y que incluso lo utilizan gentes con aspecto de deportista de élite—, se llega a otras hipótesis bien distintas.

La primera es el cansancio del turista. Ese eliminar el camino, que es en donde muchas veces se esconde el misterio, hace pensar en que acaso exista una buena porción de seres que se avienen a hacer turismo impelidos por la publicidad, sin demasiadas ganas, como si alguien o algo les obligase o se hubieran apuntado nada más para tratar de matar el tedio. La prolongada decadencia de las guías de viaje —Internet en esto es un maremágnum de no demasiada fiabilidad—, desde luego induce a contratar guías turísticos o a comprar un pasaje en uno de esos vehículos que nos lo ofrecen todo bien empaquetado. El circuito, además, facilita la elaboración de la imagen que percibe el forastero y con la que se queda, la cara pulcra y presentable para las visitas. Por eso hay tantas corporaciones municipales empeñadas en la cosmética urgente de las ciudades, poniendo maceteros y carriles bici, farolas led y dejando en el olvido los barrios.

En el turismo de asiento, que es algo más que una moda, el trenecito es una oficina de turismo andante con la voz en off y aire fresco, pronto a alguien se le ocurrirá hacerlos de dos pisos, como los autobuses londinenses, y habrá tanganas para conseguir un sitio en las alturas. Personalmente, si tengo que elegir un turismo sentado, me quedo con el de los documentales.



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