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león en verso

Ya no hiela como con Franco

 

luis urdiales
09/01/2019

Esas heladas negras son fuego sin llama, besos sin lengua, que ya arrasaron de plantas ornamentales de todas las urbanizaciones de adosados que marcan la línea del alfoz; heladas negras, que se duermen en los laureles, en ese sueño silencioso que ahoga mientras alienta. Una helada negra es un signo apocalíptico que viene por delante del enviado a allanar el camino de la metamorfosis, a animar al ayuno para que la catarsis no se le atragante al comensal. Luego, resulta que atiende a unas razones tan sencillas como lógicas, y no es más que consecuencia de que el aire seco impide a la temperatura igualar por abajo a la del rocío, y no hay condensación, ni escarcha y, en consecuencia, se diluye ese efecto óptico tan leonés y universal del manto blanco que acompaña a quien madruga. Más que negra, es invisible; tapa bocas y apuñala, sigilosa, con cuchillos que revientan las entrañas vegetales que sólo darán la cara de la muerte cuando la dama del alba de enero esté rumbo al trópico de Capricornio; lo sentirán los ruiseñores, que tendrán que cambiar de la mimosa al aligustre para sacar adelante su próxima pollada. La helada negra es parte del temario de lecciones magistrales que la naturaleza se guarda para los predicadores que se empeñaron en alejar a León del frío al meter los termómetros en los salones de Ordoño, del frío y sus circunstancias, así que tomaron al pie de la letra el padrenuestro de los profetas del convertíos y creed en el cambio climático, el fin del mundo está a la vuelta de la inversión térmica o, en verdad os digo, que no volverá a nevar por debajo de los dos mil metros de altitud. La helada negra es un espectáculo al que aún no han sabido sacar provecho en las televisiones que mandan enviados especiales al frente de la alerta meteorológica de cada año por estas fechas. Ya no hiela como antes, como con Franco, concluyeron, sin necesidad de incluir testimonios de los últimos supervivientes de aquel León, generoso, que siempre se sacrificó por la otra mitad, y cruzaba el Porma sobre el hielo con carretas de bueyes cargadas de carbón, cual hijos de Yahvé detrás de Moisés por el Mar Rojo. La helada negra es una metáfora de esta tierra; se le metió hasta los tuétanos y desde entonces no han dejado de secarse los árboles.



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