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CANTO RODADO

Catalina y Leonisa

Catalina y Leonisa fueron presidenta y tesorera de la biblioteca escolar de Villaornate. Les hablo de dos niñas cuya vida cambió, sin saberlo, cuando sacaron al maestro Tomás Toral para matarlo.

 

Catalina y Leonisa -

Ana Gaitero
10/02/2019

Al maestro de mi pueblo, que fue maestro de mi padre, le llevaron a San Marcos en aquellos días en que la gente se afanaba en vendimiar con la pena marcada en el horizonte por una guerra que iba a ser más larga y cruenta de lo que nadie imaginaba.

Pocos días después le sacaron en un camión con otro grupo de prisioneros y lo mataron en Villadangos. Los famosos ‘paseos’ se llevaron por delante a al menos 143.353 personas. A esta cifra de desapariciones forzadas, que sólo es superada en Camboya por el terror del Pol Pot, hay que añadir los 300.000 niños y niñas robados y los soldados que desaparecieron en combate.

La senadora por León Esther Muñoz, del Partido Popular, resume toda esta barbarie, que aún sigue enterrada en las cunetas y en el olvido, en «unos huesos». Con un incalculable desprecio hacia la España desaparecida y una calculada maniobra de acercamiento a las versiones negacionistas de la memoria histórica. O simplemente, por hacerse notar en la gris tarea parlamentaria de tan poco defender los intereses de León. Después quiso enmendar lo dicho. Y dijo que se refería sólo a los huesos, tal vez huesitos, de Franco. Vamos, que hay que leerle el pensamiento, porque los fondos de la memoria histórica son para muchas más cosas que para desenterrar al dictador.

Me contaba mi padre que ya nada fue igual en la escuela desde que se llevaron al maestro. Y que lo poco que aprendió en aquellos pupitres de madera se lo enseñó don Tomás. Que después les enviaron a una maestra que tenía ataques de epilepsia y lo único que les daba era miedo y buenos palos en las manos.

Aquellos años aciagos cambiaron el destino de muchas personas. Y también el de aquellas niñas que fueron designadas, con otras alumnas y alumnos, para gestionar la biblioteca escolar que don Tomás y doña Emilia promovieron en las escuelas de Villaornate.

Catalina y Leonisa, como todas las mujeres de su tiempo, tenían otro destino escrito. La II República supuso un avance sin precedentes para las mujeres españolas, que la guerra y la dictadura arrancaron por muchas décadas. La palabra feminismo, que con más o menos simpatía, se había abierto un hueco en el discurso público quedó prácticamente erradicada o vilipendiada. Las mujeres quedaron sometidas a la autoridad del marido o del padre, recluidas en el hogar, salvo excepciones, y sujetas a una estrecha moral que vigilaban la iglesia católica y la Sección Femenina.

Eso es lo que el PP, y la senadora Esther Muñoz, no quieren recordar. Ahora viene Pablo Casado a hacer de Primo de Rivera, Pilar, y decir a las mujeres cuándo y cuánto tienen que parir.

Después de años de políticas que precarizan la vida, que obligan a la gente joven a emigrar y a quienes se quedan a resignarse a empleos precarios y viviendas compartidas o indignas, el ‘liderés’ del PP se atreve a dar lecciones a las mujeres. Quiere abortar los derechos conquistados por el feminismo, como la ley de plazos de la interrupción voluntaria del embarazo, como ‘solución’ demográfica.

El liderés, como llamaba Isabel Carrasco a un candidato astorgano, hace ojitos a Felipe González reclamando volver a ‘su’ ley del aborto (la que ganaron las mujeres en aquellos tiempos aún angostos) para que atice más a Pedro Sánchez y éste, que tenía poco con lo de Cataluña, se pliega al paroxismo del golpismo en Venezuela, ya en fase de pre-invasión norteamericana.

Una pantomima orquestada como la manifestación que hoy desparramará por el centro de Madrid la escenificación del nuevo frente de las derechas con la patria reducida a una bandera. A Catalina y Leonisa, como a todas las mujeres españolas de aquel tiempo, les cambiaron la vida otros salvapatrias. Luego emigraron... pero eso es otra historia.



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