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CANTO RODADO

Las costuras de la democracia

El otro día miré las etiquetas de mi ropa. Vi que llevaba calcetines hechos en Turquía, pantalón made in China, abrigo de Bulgaria y también una chaqueta artesana hecha en León y con amor.

 

Las costuras de la democracia -

Ana Gaitero
27/01/2019

El mundo envuelve nuestro cuerpo, pero no tenemos ni idea de cómo se ha tejido esa ropa. Con excepción de la chaqueta, que conozco bien las manos y el taller donde fue hecha. Recuerdo cuando era pequeña lo fascinante que era ir a probarse un vestido nuevo a la modista o esperar a que tu madre terminara el jersey para estrenarlo. Unas y otras, costureras y madres, ejercían oficios sacrificados y tan invisibles como las agujas.

Teníamos poca ropa. Y la poca que había se pasaba entre hermanos, primos o vecinos. En el vertiginoso siglo XX pasamos del tiempo de la escasez a la superabundancia. Del glamour de la alta costura al empacho del pos-prêt a porté.

Nos dijeron que eso era la democratización de la moda. Que todo el mundo pudiera llenar el armario hasta reventar. Lo que no nos contaron es que todo eso se hacía a costa de reventar a las personas reducidas a regímenes de semiesclavitud.

Andaba yo pensando en estas cosas de la ropa a propósito de la presentación del libro La revolución de las agujas, de Emilia Laura Arias, que cuenta la historia de unas mujeres indias que han logrado salir del círculo de violencia y pobreza gracias a unas cooperativas auspiciadas por una misionera salmantina con visión de futuro.

Y en este trajín de pensamientos se me presentó de nuevo aquella escena en la que Humpty Dumpty le dice a Alicia: «¡Te has cubierto de gloria!». La protagonista del cuento de Lewis Carroll espetó que no sabía lo que le quería decir. Y el insidioso huevo de forma humana respondió con aquella célebre frase:

—«Cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.

—La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

—La cuestión —zanjó Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda..., eso es todo».

El poder del lenguaje es el poder. Ni más ni menos.

Con la misma frescura que decimos que explotar a millones de personas es democratizar la moda se afirma estos días que un golpe de Estado en Venezuela es democracia. La palabra democracia está obscenamente confeccionada, encorsetada en unas urnas o en los bajos precios del mercado que nos permiten renovar el armario una docena de veces al año.

Antaño, los caciques controlaban el pueblo, la comarca, la provincia... Para que las urnas dijeran lo que conviniera al poderoso de turno. Ahora sólo hay que controlar los algorritmos y hacer circular por las redes sociales los bulos más increíbles para que por las ranuras de las urnas se cuele el porcentaje de votos necesario para que el racismo, el machismo y el populismo se acomoden en unos cuantos escaños.

Siguiendo la lógica de Humpty Dumpty, la única manera de que la palabra democracia vuelva a su ser es que la gente tenga el poder. Y eso pasa por ser exigentes como consumidores y consumidoras y como ciudadanas y ciudadanas. Pasa por tomar la calle, las urnas y las conciencias.

Que no nos vendan botellones de libertad en forma de coberturas mediáticas obscenas de la desgracia ajena ni consumismo totalitario. Que no nos vendan la sanidad ni la educación. Ni nos roben los pueblos y nos arrebaten el comercio local. Que, ahora que se avecinan las elecciones locales y autonómicas, sepamos que no se trata solo de votar. Hay que tejer la democracia.



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