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LOS ‘DREAMERS’ SE HACEN HUECO

Son los 2,8 millones de migrantes que llegaron sin papeles a Estados Unidos cuando eran menores y que ahora han conseguido formar parte de la sociedad estadounidense y luchan por defender los derechos de los indocumentados, mientras recuerdan que son sólo una parte de los once millones de indocumentados que viven en el país.

 

David Maung -

Jorge Fuentelsaz / J. l. Guillén
30/12/2018

El mexicano César Vargas y la colombiana Catalina Cruz entraron ilegalmente en Estados Unidos hace más de dos décadas, cuando todavía eran unos niños, y ahora han conseguido hacerse un hueco en la sociedad estadounidense y luchan por defender los derechos de los indocumentados.

A Vargas y Cruz, como a los 2,8 millones de migrantes que llegaron sin papeles a EE UU cuando eran menores, se les conoce como ‘dreamers’ (soñadores).

Los «dreamers» recuerdan que son sólo una parte de los alrededor de once millones de indocumentados que viven en Estados Unidos, en el que Vargas y Cruz luchan ahora por regularizar la situación de quienes padecen lo que ellos mismos sufrieron.

Sin embargo se sienten afortunados, porque ellos sí lograron regularizar su situación en EE UU, donde Vargas ejerce de abogado especializado en casos de inmigrantes y Catalina jurará el próximo enero el cargo de senadora del estado de Nueva York, convirtiéndose en la primera ‘dreamer’ en entrar en el Senado neoyorquino. «Ha sido mucha suerte», dice a Efe Cruz, para quien muchos inmigrantes en su misma situación «no tuvieron la oportunidad de cambiar su estatus, de estudiar, lo mismo que yo».

Vargas, que se convirtió en el primer abogado indocumentado en ejercer la profesión en Nueva York, en febrero de 2016, también ha dado el salto a la política como consejero legal del concejal neoyorquino de origen mexicano, Carlos Menchaca.

Como activista, Vargas participa, entre otras actividades, en concentraciones en favor de los inmigrantes, como la marcha que organizó el pasado 30 de noviembre en el distrito de Staten Island, en solidaridad con la conocida como caravana de migrantes, que intenta entrar en Estados Unidos desde México.

«Staten Island es uno de los condados más conservadores de Nueva York y vamos a luchar para mandar un mensaje a los políticos en solidaridad con los refugiados», aseguró Vargas a Efe frente a la sede del gobernador del condado, donde logró reunir a medio centenar de personas que entonaron lemas contra el racismo y en favor de los refugiados y los inmigrantes.

Para Vargas, Estados Unidos es «una nación donde personas de diferentes partes del mundo pueden llegar y formar parte de una identidad que cree en los derechos de todas las personas».

Sin maletas

Vargas rememora cómo con cinco años, cuando vivía en Puebla (México), su madre lo fue a recoger un día al colegio con su hermano de tres y después fueron a por sus hermanas de seis y ocho años para salir hacia Estados Unidos.

«Recuerdo que fuimos a la catedral de Puebla, en el centro, y tomamos una foto ahí. Para mí, ahora, es una foto muy especial porque en esa foto estamos todos con nuestros uniformes y mamá solo con una bolsa de plástico, sin maletas, sin nada. Era todo eso lo que íbamos a llevar para venirnos a los Estados Unidos para perseguir nuestro sueño americano», confiesa.

Cruz, al igual que Vargas y decenas de miles de niños inmigrantes, guarda un recuerdo parecido, cuando con diez años de edad cruzó con su madre la línea fronteriza que separa México de EE UU.

La joven política de 35 años, que conoció a Vargas hace una década cuando ambos trabajaban en una organización para ayudar los inmigrantes, se presenta como el «altavoz» de los indocumentados.

Para ella, ser senadora estatal significa «la oportunidad de servir como altavoz para resaltar las historias de personas que todavía viven lo que yo viví por tantos años».

El nacimiento de este movimiento se remonta al año 2001, cuando entre otros, el senador por Illinois Dick Durbin elaboró el proyecto Development, Relief and Education for Alien Minors (DREAM), cuyo objetivo era legalizar la situación de los niños inmigrantes indocumentados que habían llegado al país y que acabaron siendo conocidos como los «dreamers».

En ese momento, los inmigrantes que habían llegado siendo niños comenzaron a tomar conciencia de su situación y «a contarse sus historias», como explica Vargas, quien apunta que no fue hasta 2005 «cuando empezó a organizarse, cuando diferentes redes en estados como Nueva York, Texas, Florida, Arkansas, California o Ilinois se empezaron a unir por Facebook y las redes sociales».

«Los dreamers crecimos aquí, con el lenguaje, con la educación, con los valores de este país y, claro, con el interés y la historia de la lucha por los derechos civiles de la gente», cuenta el abogado.

Confiesa que muchos en su comunidad insistían en la importancia de no revelar que eran indocumentados en «no hacer ningún ruido», para evitar ser expulsados.

Pero ahora los ‘dreamers’ como Vargas y Cruz, se muestran orgullosos tanto de los países donde nacieron como de Estados Unidos; no tienen miedo de reconocer sus orígenes y pelean por que otros inmigrantes puedan hacer realidad «su sueño americano».

Desde México

Todavía no ha amanecido en McAllen, Texas, al lado de la frontera de Estados Unidos con México, y la radio del agente Rodríguez, de la Patrulla Fronteriza estadounidense, echa humo con los reportes incesantes de inmigrantes interceptados: dos jóvenes hermanos nicaragüenses, cuatro muchachos hondureños, un grupo que ha saltado la valla y se oculta en los ranchos, varias familias centroamericanas con niños intentando cruzar el Río Grande en una balsa. Es el día a día de los algo más de 3.000 agentes destacados para vigilar la frontera en el concurrido Valle de Río Grande, donde cada uno de ellos intercepta tres veces más inmigrantes que la media nacional, y tres de cada cuatro interceptados en los últimos meses son mujeres y niños centroamericanos.

«El número de unidades familiares a lo largo de la frontera sur ha aumentado un 38 por ciento, han sido 3.500 inmigrantes más que en julio y la cifra más alta de la historia», aseguraba Tyler Houlton, el secretario de prensa del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), al anunciar las estadísticas de agosto de 2018.

La gran mayoría de estas unidades familiares están entrando por el Valle de Río Grande. «La mitad de los que encontramos son familias y niños no acompañados que buscan a un agente para entregarse y solicitar asilo», explica el agente González mientras muestra las huellas de niños y adultos en el camino cercano al río. «La otra mitad son los que intentan eludirnos», agrega en referencia a los que ocultan su rastro y forman parte del objetivo principal de control fronterizo de los agentes. La Patrulla Fronteriza los clasifica internamente como «no impactables» (unidades familiares, menores no acompañados y otros inmigrantes no mexicanos en busca de asilo) e «impactables» (traficantes, criminales y los que intentan eludir a la autoridad). Las recientes iniciativas de control fronterizo del Gobierno del presidente Donald Trump, como la tolerancia cero con la que se pretende juzgar penalmente por entrada ilegal a todos los adultos sin excepciones, han provocado numerosas separaciones de padres e hijos, y ha concentrado la atención y muchos de los recursos públicos en los «no impactables».

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