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ceferino carpintero díez

«franco odiaba león»

novelista a los 78 años, su libro ‘el olmo enterrado’ es un asombroso fresco de las tres primeras décadas del siglo XX, con sus utopías y brutales represiones

 

marciano pérez -

emilio gancedo
25/01/2015

Era Ceferino un niño callado del barrio ferroviario, niño de posguerra y de familia represaliada, frío, sabañones y piojos, cuando un vecinín de su misma edad, hijo de un falangista, le propinó en la calle una bofetada, así porque sí, al tiempo que le voceaba «¡rojo!» como en hallazgo del peor de los insultos posibles. Marchó llorando para casa y, al enterarse, salió su aguerrida madre, buscó al agresor y le soltó no una sino dos buenas tortas. El falangista padre no tardó en aparecer y amenazar: «¡Usted es una roja, una roja, y lo que voy a hacer es meterla en la cárcel!».

Ceferino Carpintero, elegante el vestir, firme el hablar, trayectoria laboral en Altos Hornos de Vizcaya durante la mayor parte de la vida, es hoy un hombre satisfecho porque acaba de ver publicada la novela que llevaba amasando desde hacía treinta años, El olmo enterrado (ediciones del Lobo Sapiens), 635 páginas en las que ha volcado todo cuanto vio y oyó en los durísimos años de la posguerra capitalina, así como lo que dedujo, investigó y reflexionó tiempo después. Inmenso fresco desplegado en torno a la vida social, sindical y popular de las tres primeras décadas del siglo y haciendo uso de un estilo intrépido y seguro que recuerda al de los grandes narradores rusos, el auténtico protagonista del libro es la ciudad de León, epicentro de todos los amores y las nostalgias de este paisano alto y espigado como el arbolón que da nombre a su obra («yo nunca me fui de vacaciones ni de viaje a parte ninguna, en cuanto tenía dos o tres días me venía para León. Yo no podía vivir sin León, me moría de pena», ejemplifica).Nacido en 1937 en el barrio de la Vega, escuchaba a sus tíos hablar en voz baja en aquella época de sordos murmullos y conoció que su padre, anarquista ferroviario hasta la médula, émbolo por corazón y pistones por pulmones, había sido fusilado en la cárcel de San Marcos.

Se habían trasladado a San Martín porque la madre era sastra y necesitaba más espacio para su talleruco y en este popular barrio, cierta vez, el perro lobo de un carpintero le mordió en el culo al pequeño Ceferino. En el juicio de faltas que tuvo lugar se levantó el secretario del tribunal al oír el nombre y el apellido y dijo con una media sonrisa arrastrada y ruin: «Pero Ceferino Carpintero… ¿no ha muerto ya?», a lo que la madre saltó, colérica: «¡Sí, porque ustedes lo asesinaron!». «¡Cállese si no quiere seguir el mismo camino!», respondió el otro, sorprendido del valor de la mujer. El propio juez tuvo que poner orden y reanudar la vista.

Aquel padre de la CNT había huido a Asturias cuando el golpe de Estado y allí, al caer el frente norte, le cogieron prisionero y lo trajeron de regreso a León. «En San Marcos le ofrecieron pasarse a Falange y, a diferencia de otros, dijo que no. Que él no se pondría nunca esa camisa, que le quemaba el cuerpo», narra el hijo, cuyo contacto con el padre se redujo a unos pocos minutos, cuando la madre lo llevó a aquel siniestro campo de concentración, siendo sólo un bebé, para que lo viera el progenitor. «Hazlo por tus hijos», le pedía ella. Y él contestaba con indómita bravura: «Para eso estás tú. Porque sí, este será mi hijo, pero también lo son todos los niños pobres de España».

Estos y muchos otros sucesos terribles están contados en el libro, ocultos bajo el oportuno disfraz de la ficción algunos hechos y nombres. Pero ante todo la gran tesis que se desprende de él es el formidable empuje liberal que caracterizaba a esta ciudad a principios de siglo, algo que le pasó una muy seria factura histórica. «León era la ciudad más liberal de la hoy comunidad autónoma —advierte Ceferino—. Fue la patria de Fernando de Castro, iniciador del krausismo en España; de Patricio de Azcárate, líder nacional de los republicanos; de Ordás Avecilla, que con Canalejas, Sixto Cámara y Fernando Garrido marcaron las directrices de la reforma democrática de España… y también de relevantes políticos y prohombres como Acevedo, Arriola, Díaz-Caneja, Sierra Pambley… o Merino, el yerno de Sagasta, ministro que fundara en la ciudad grandes empresas químicas y que luchó como nadie para conseguir que León fuera una ciudad industrial». Por eso recalca este autor que Franco «odiaba León», sabedor de ese pulso republicano, demócrata y aperturista, y cercenó ese latir a pura fuerza de fusilamientos y sanciones. «En vez de León impulsó Valladolid, la cuna del fascismo español. Fíjate lo que luchó Queipo de Llano porque Franco le concediera a Sevilla la cruz laureada de San Fernando y, sin embargo, se la dio a Valladolid. Y hoy la sigue luciendo en su escudo»

Ceferino los ha contado y en su obra aparecen, en total, 108 personajes, de los cuales 61 existieron realmente (hasta Genarín se asoma), abarcando todos los rincones y clases sociales de aquel León dividido entre el martillo y la cruz. Pero no podemos olvidarnos de un protagonista-símbolo tan relevante como aquel gran olmo que se alzaba frente a su casa («de niño, yo pensaba que llegaba al cielo») en la calle Gómez de Salazar. «Lo talaron como talaron la libertad... ¡y todavía llevo yo ese olmo enterrado justo en mitad del corazón»!

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