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Indonesia y su tragedia cíclica

En el 14 aniversario del gran maremoto que dejó 230.000 muertos, el país llora a los casi 500 fallecidos hace solo unos días. Muchos se preguntan cómo es posible que todavía no se hayan puesto en marcha sistemas de alerta temprana que acaben con la sucesión de tragedias que asolan al país.

 

ADI WEDA -

ZIGOR ALDAMA
06/01/2019

Aunque el Ejército acudió provisto de material suficiente, tecnología punta, y perros adiestrados en esas labores, el responsable de la Agencia de Búsqueda y Rescate de Indonesia, Yusuf Latif, reconoció que «hay más localidades afectadas de las identificadas inicialmente». Por ejemplo, en la isla de Sebesi, situada a solo 12 kilómetros del Krakatoa, quedaron totalmente aislados. «Estamos completamente paralizados y necesitamos desesperadamente agua, medicinas, y alimentos», dijo a la cadena local Metro TV el secretario del ayuntamiento, Syamsiar, durante una entrevista telefónica. Allí, y en otras localidades remotas o aisladas por los daños en las infraestructuras viarias, los lugareños solo tienen sus manos y herramientas rudimentarias para buscar a sus allegados entre los escombros y bajo el lodo.

Salvo por su magnitud, las imágenes de destrucción de ahora son las mismas de hace 14 años. Playas arrasadas, edificios destruidos, vehículos volcados, y barcos varados tierra adentro. Son, también, estampas idénticas a las de los pasados meses de agosto y de septiembre, cuando diferentes seísmos sacudieron las islas de Lombok, Bali y Sulawesi. Terremotos, tsunamis, y la licuefacción de la tierra dejaron entonces casi 3.000 muertos. Por eso, y teniendo en cuenta que la tecnología para reducir el trágico impacto de estas catástrofes ya existe, muchos se preguntan cómo es posible que todavía no se hayan puesto en marcha sistemas de alerta temprana.

Los expertos reconocen que la falta de recursos y de cooperación entre países es un problema, y que muchas de las boyas que sirven para detectar cambios bruscos en el nivel del mar no funcionan desde hace años. Pero también revelaron que aquel sábado solo pasaron 24 minutos entre el corrimiento de tierra provocado por la erupción del volcán y la llegada del tsunami que se formó a continuación.

Olas a gran velocidad

Incluso si los sistemas hubiesen funcionado a la perfección, no habría sido posible emitir a tiempo la advertencia. No en vano, las olas gigantes pueden viajar a más de 800 kilómetros por hora, una velocidad que hace inútil cualquier sistema de alerta cuando el epicentro del seísmo se encuentra cerca de la costa. Y, lógicamente, que muchas construcciones estén en primera línea de playa no ayuda. Muchos de los muertos se encontraban en los hoteles que gozan de especial atractivo por su cercanía al mar.

Ajenos a estos debates cíclicos de los que no se parecen sacar conclusiones prácticas, los más de 4.000 desplazados por el tsunami continúan sufriendo una situación dramática. «Muchos niños están enfermos, tienen fiebre, y están deshidratados. No hay suficiente agua, hace falta más comida, y tenemos pocas medicinas. La gente está durmiendo en el suelo. No es sano que los evacuados estén aquí», contó a la agencia AFP Rizal Alimin, un médico de la ONG local Aksi Cepat Tanggap que trabaja en uno de los refugios habilitados por las autoridades.

Además, el miedo se ha apoderado de una población que tampoco puede regresar a sus hogares por la posibilidad de que se produzca un nuevo tsunami. El Krakatoa continúa activo y los vulcanólogos advierten de que las consecuencias de sus erupciones son imprevisibles. De hecho, algunos auguran una explosión cataclísmica como la que en 1883 desintegró el volcán original, en cuya caldera los ríos de lava siguientes crearon el cráter actual a partir de 1929.

El peligro continúa acechando las costas del este de Java y del sur de Sumatra. El volcán Krakatoa, que provocó el tsunami que dejó casi 426 muertos en esas islas indonesias, según el último balance, ha aumentado su actividad y las autoridades temen que la virulencia de sus erupciones pueda aumentar exponencialmente y provocar otra catástrofe, incluso mayor que la anterior. Por eso, días más tarde decretaron el nivel de alerta 3 —de un máximo de cuatro— e impusieron una zona de exclusión en cinco kilómetros a la redonda.

«Todavía hay riesgo de nuevas erupciones. Los habitantes que están más cerca del volcán podrían ser víctimas de la caída de rocas, lava o ceniza gruesa», justificó el portavoz de la Agencia de Prevención de Desastres de Indonesia, Sutopo Purwo Nugroho. Otros expertos añadieron que toda esta actividad puede traducirse en nuevos corrimientos de tierra submarinos como el que provocó la ola gigante de la semana pasada. Y como no existe ningún sistema capaz de detectarlos antes de que se conviertan en avalanchas mortales, los dirigentes piden a la población que se mantenga siempre a un mínimo de 500 metros de la costa.

«No sabemos cuál es la situación actual porque no hemos podido llegar hasta el volcán. Pero las imágenes por satélite muestran que parte del cráter se ha derrumbado», informó Rudy Sunendar, responsable del departamento de Geología del Ministerio de Energía. No en vano, las fotografías recogen una disminución notable del tamaño y de la altura del volcán, que comenzó a formarse a partir de 1929 con las columnas de lava que continuaron fluyendo tras la explosión de su antecesor en 1883.

Por su parte, el tráfico aéreo también se ve afectado por la alerta, ya que todos los vuelos que sobrevolaban las inmediaciones del Krakatoa tuvieron que ser desviados para evitar que la ceniza provocase problemas en los motores de los aviones.

Miedo a más tsunamis

Claro que mucho peor es la situación de los 4.000 desplazados por la catástrofe del sábado. Aunque la ayuda ya ha llegado a casi todas las localidades afectadas, las condiciones en los refugios habilitados para ellos son deficientes. Y el miedo a que el tsunami se repita impide que puedan regresar a sus hogares para tratar de rescatar cualquier objeto de valor o iniciar las labores de reconstrucción. Por si fuese poco, una mezquita anunció por error que otra ola gigante estaba a punto de llegar y el pánico volvió a cundir entre una población que, en algunos casos, todavía espera noticias de sus seres queridos.

Desde el satélite

El derrumbe de la parte occidental del volcán indonesio Anak Krakatau, que el pasado 22 de diciembre causó un tsunami con más de 430 muertos, ha dejado una espaciosa bahía en la isla, como evidencian imágenes tomadas por satélite.

El equipo de la compañía Planet Labs, con sede en la ciudad estadounidense de San Francisco, ha logrado captar esta misma semana la situación de la isla, cubierta desde el desastre natural por un temporal de nubes y precipitaciones.

En las instantáneas, tomadas por el satélite SkySat el 30 de diciembre y facilitadas este viernes a Efe, se aprecia la desaparición del cono lateral del volcán y en su lugar muestra una bahía que abarca casi la mitad de la isla.

El agua de la nueva bahía aparece en momentos humeante por la continua actividad del volcán, ahora submarino. El Anak Krakatau se alzaba en una isla del estrecho de Sonda, entre las islas de Java y Sumatra, a 340 metros sobre el nivel del mar pero tras la catástrofe su altura ha quedado reducida a 110 metros.

La agencia para desastres en Indonesia estima que la isla ha perdido alrededor de un tercio de su anterior volumen o entre 150 y 170 millones de metros cúbicos de tierra.


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