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juan josé gallego salvadores

«La victoria del demonio es que ha hecho creer al mundo que no existe»

Aunque al principio tuvo miedo y veía sombras extrañas en cualquier sitio, asegura que hoy ya no teme nada, que es Dios quien libera al poseído, «yo sólo soy un mero instrumento que se pone a su servicio»

 

Aunque reside en Barcelona desde hace años, el padre Juan José Gallego no se olvida de su tierra natal y suele pasar los veranos en Castrillo de los Polvazares. - ramiro

pablo rioja
26/08/2012

Castrillo de los Polvazares le vio nacer hace 72 años y el Seminario de Valencia ordenarse sacerdote, pero lo que nunca imaginaron es que este dominico cambiaría sus misas, predicaciones y hábitos diarios para servir a Dios en su lucha más directa contra el maligno. Desde el 2007, el padre Juan José Gallego Salvadores es el exorcista oficial de la Diócesis de Barcelona.

—Padre, ¿cómo se hace un sacerdote exorcista?

—En mi caso fui nombrado en el año 2007 por el arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach. Coincidió que al exorcista que estaba allí —un compañero mío— lo trasladaron a Valencia y el hoy cardenal me preguntó si quería sustituirlo, a lo que contesté que sí sin dudar un momento. Desde siempre me ha interesado el tema. —Pero, ¿qué es un exorcismo?

—Una oración pública de la iglesia con autoridad para expulsar al demonio en nombre de Jesucristo.

¿Cuántos exorcistas hay en España?

—No más de cinco, como mucho. En Cataluña soy el único que ejerce como tal. Hay también en Madrid, Santiago de Compostela, Murcia y poco más. Para que te hagas una idea, en Francia cuentan con 112 sacerdotes exorcistas y en Italia cada diócesis tiene uno.

—¿Por qué entonces ese número tan reducido aquí?

—La gente nos ve como bichos raros, incluso muchos sacerdotes no comparten o no comprenden nuestra función, que no es una invención nuestra, sino un arma más de la Iglesia Católica. Lo que sí está claro es que el sacerdote exorcista ha de ser una persona cauta, con experiencia, que goce de buena fama y dos dedos de frente.

—El padre Gabrielle Amorth, exorcista oficial de la Diócesis de Roma, critica en su libro ‘Habla un exorcista’ que las personas, en especial los sacerdotes, han dejado de creer en el demonio.

—Absolutamente verdad. La gran victoria del demonio en este siglo ha sido convencer a la gente de que no existe. El padre Amorth cuenta que fue a ver a un cardenal para informarle de que iban a realizar una reunión de exorcistas en Roma y que éste le cogió por el hombro y le dijo: ‘Eso está muy bien, pero tanto usted como yo sabemos que el demonio no existe’. Amorth, furioso, le contestó que le iba a regalar un libro muy bueno donde se daría cuenta de su existencia real. ‘¿Qué libro es ese?’ —preguntó el cardenal— y responde Gabrielle Amorth; ‘el Evangelio’. Los curas que niegan su existencia están cometiendo una falta gravísima.

—Muchos psiquiatras y algunos médicos les tildan de locos y argumentan que las presuntas personas poseídas por el demonio no son otra cosa que enfermos mentales. ¿Cómo distingue usted entre un endemoniado y un esquizofrénico?

—Hay que tener mucho cuidado. Es cierto que vienen a verme muchas personas con la total seguridad de que están poseídas por algún espíritu maligno y lo único que tienen es una enfermedad mental, pero te diré que he tratado casos de personas esquizofrénicas que también tenían al demonio dentro. La experiencia te ayuda a discernir entre un caso u otro. Es curioso porque los enfermos mentales vienen a una sola sesión y no regresan más, pero los poseídos siempre vuelven. Lo primero que hago es formularles una serie de preguntas antes de realizar el exorcismo, hasta que no veo que ahí hay algo extraño no comienzo. Además soy el primero en mandarles al psiquiatra si veo que no están endemoniados.

—¿Pero el demonio puede entrar sin más en el cuerpo de un ser humano o hay que abrirle la puerta?

—La ouija, el espiritismo, las sectas satánicas, el tarot, la brujería, santería, algunas fases del Yoga y sobre todo el Reiki —un tipo de meditación muy extendido— son la puerta de entrada a Satanás. Esto es serio, no es una broma, tengo muchos casos de adolescentes que han hecho la ouija por diversión o incredulidad y ahora oyen ruidos, ven cosas raras... no se trata de tenerle miedo al demonio, pero sí respeto. Quien lleva una vida ordenada, reza, cree e Dios y no se mete en este tipo de cosas no tiene porqué temer. Por encima de todo, incluso de Satán, está Dios.

—¿Cuántos exorcismos ha realizado hasta la fecha?

—Más de 300. En una semana puedo llegar a ver a entre 15 y 30 personas. Pero conviene aclarar que algunos casos son del mismo individuo. El demonio no se va a las primeras de cambio, la mayoría de las veces tengo que realizar numerosas sesiones. El 99% de los casos que han venido a verme estaban convencidos de que tenían algo dentro que no era una enfermedad.

—¿Cuáles son los fenómenos más comunes que presenta un poseído?

—Cada caso es diferente, pero sí es cierto que de repente se ponen a hablar en latín, hebreo o lenguas que es difícil que conozcan, adivinan cosas de tu vida o te dicen detalles de tu pasado, blasfeman como nadie podría imaginar, los ojos se les ponen en blanco, presentan una fuerza descomunal y lo que más me impresiona; su voz no es humana, no sería capaz de describirla, pero es algo realmente aterrador. Tuve un caso de un poseído que de pronto me gritaba en un latín perfecto que dejara de rezar el Padre Nuestro y su madre asegura que el chico jamás había estudiado tal lengua.

—¿Qué caso es el que más le ha impactado?

—El de un chico de Valencia que vino a verme, le ocurrían unos fenómenos rarísimos. Yo no era capaz de saber de dónde venía todo aquello hasta que un día comenzó a contarme que de pequeño —con unos 13 o 14 años— descubrió que tenía poderes y empezó a ponerle las manos a su abuela en la cabeza consiguiendo que mejorara de sus dolencias. Dice que una vez su abuela se enfadó con él y ese día no le puso las manos y de pronto se murió. Aquello le dejó traumatizado y encolerizado con Dios. Se entregó a Satanás. Hay otra chica de 13 años que estoy tratando en la actualidad que me tiene en un sin vivir porque no he logrado aún saber cómo ha podido llegar hasta esta situación. Dice que oye voces que le dicen que haga un pacto con ellos, los padres lo están pasando fatal. Y un tercer caso, dos señoras que vinieron a verme el otro día, aseguran que habían oído ruidos raros y que ya habían acudido a un exorcista que las mandó directamente al psiquiatra. Yo inicié el rito y una de ellas comenzó con unos espasmos raros.

—¿Alguna vez ha sentido miedo?

—Tuve miedo al principio, pero después ya no, y por una razón muy sencilla; yo soy sacerdote y como tal administro una serie de sacramentos que son mucho más grandes que esto. Si creemos lo que hay en la eucaristía no hay en qué temer. Pero sí, cuando me inicié como exorcista miraba para atrás y todas las sombras me parecían demonios, luego descubrí que no era más que un acto de fe que hago en nombre de la Iglesia. Desde ese momento dejé de pasar miedo. Suelo realizar los exorcismos solo, pero si veo que la persona tiende a moverse mucho, a levantarse o puede resultar un peligro siempre pido que me acompañen.

—Hay toda una polémica montada en torno a la reciente revisión y modificación de numerosos aspectos del ritual antiguo para realizar los exorcismos. El padre Fortea y el propio Gabrielle Amorth critican esta medida porque según ellos ha debilitado o eliminado varias oraciones. ¿Usted qué opina?

—Aquí no estoy de acuerdo con ellos. Una de las cosas que defienden es la necesidad de conocer el nombre del demonio o espíritu maligno que habita en la persona poseída para así combatirle de manera más eficaz, porque al igual que los ángeles tienen sus propios rangos, los demonios también. El ‘jefe’ de todos ellos es Satanás, pero no es el único. Conocer el nombre del demonio no sirve de nada, además de que tratará de confundirte. Lo importante en un exorcismo no es que yo averigüe el nombre, sino que le pida a Dios que libere a esa persona de los espíritus que están dentro de él. Digo esto porque hay exorcistas que se creen que tienen el poder de expulsar al demonio y eso se llama vanidad, repito, sólo somos instrumentos de Dios, él es el único que libera.

—Este tema ha inspirado numerosas películas. ¿Ha frivolizado el cine con la figura del exorcista?

—Depende, películas como El Exorcista o El Rito han ayudado a descubrir este problema y a ponerlo de nuevo de actualidad. El Exorcista está basada en un caso real que le ocurrió a un niño y en cuanto a El Rito, me siento totalmente identificado con el personaje principal que encarna Anthony Hopkings porque realizar los exorcismos llega a ser agotador y a veces te cuestionas tu propia fe. El demonio es muy inteligente, trata de confundirte, de desgastarte, de que pierdas la paciencia, sólo le importa que renunciemos a Dios y nos acojamos a él.

—¿Cree que hay gente capaz de adivinar el futuro?

—Sí, los hay. Recuerdo que una madre vino a mí desesperada porque su hijo le adivinaba todo lo que compraba en el mercado nada más entrar por la puerta de casa. El demonio puede concederte algunos de sus poderes. Este chico se levantaba con el pijama quemado, arañazos, oía voces que le invitaban a suicidarse... gracias a Dios se curó. De todos modos insisto en que son casos aislados. Lo que sí conviene diferenciar es entre posesión e influencia. La posesión es cuando tienes un demonio dentro de ti aunque no actúe siempre, es dueño de tu cuerpo pero no de tu voluntad. La influencia, por su parte, es cuando se escuchan voces, ruidos, se mueven objetos, hueles olores raros...

—¿Cobra?

—Ni un duro. Tampoco archivo los casos, ni obligo a nadie a venir, son ellos los que suelen regresar. Lo que sí hago cuando pasa el tiempo es llamar a la persona para ver cómo está.

—Padre, ¿ha oído hablar sobre Medjugorje (Bosnia) y los fenómenos extraños que ocurren allí?

—Sí, yo no he estado pero conozco a mucha gente que sí y al parecer es uno de los sitios donde más casos de este tipo se están dando en la actualidad. Es un lugar de fe, donde se reza, la gente se confiesa y muchos se convierten. La semana pasada escuché en el telediario que un deportista español —que acaba de ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Londres— estuvo en Medjugorje y ahora ha decidido irse al seminario, algo hay allí que merece la pena.





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