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investigación

Los primeros leoneses de Australia

El investigador leonés Manuel Rodríguez está a punto de comenzar una investigación de las ovejas merinas que le llevará a Australia y Nueva Zelanda

 

En Australia se ha forjado una industria de primer nivel alrededor de la oveja merina. Cada explotación puede tener alrededor de 20.000 ovejas y se remontan a cinco generaciones con un sistema productivo extensivo. - andris apse

cristina fanjul
31/03/2013

Manuel Rodríguez es un heterodoxo, uno de los que forjó la historia de León hasta que León se quedó sin historia, atropellado por el tren de la uniformidad. Lo demuestran sus libros, sus investigaciones y su trabajo, lejos del ruido de la vanidad y el mercachifleo al que estamos acostumbrados. Ahora, está a punto de emprender una aventura que le llevará a las antípodas. La Fundación Vista Linda le ha concedido una beca en virtud de la cual pasará varios meses en Australia y Nueva Zelanda para conocer de primera mano de qué manera trabajan los empresarios y pastores de las ovejas merinas en las antípodas.

Y es que no puede olvidarse que durante cinco siglos León tuvo la primacía del mercado mundial de la oveja merina, liderazgo que hora detenta Australia, un potencia en el sector. «Cada explotación puede llegar a tener unas veinte mil ovejas», destaca Manuel Rodríguez Pascual, que añade que durante varios siglos han ido seleccionando la raza para conseguir un vellón mucho más pesado, de unos cuatro o cinco kilos, y de una finura espectacular. «Lo han hecho tan bien que ahora suplen a todas las empresas de lujo del mundo», declara el investigador. La intención de Rodríguez Pascual es estudiar ‘in situ’ este milagro, con el fin de que los conocimientos adquiridos en las antípodas le sirvan para ayudar a los jóvenes que, aquí, en León, puedan comenzar a recrear un sistema económico basado en la merina. Este estudioso explica con nostalgia que León no ha sabido valorar lo que tenía, y ha dejado morir la base de un sector alrededor del cual podría haberse creado una industria potentísima. «Tendríamos que partir casi de cero, seleccionando de nuevo y creando organizaciones fuertes de ganaderos que supieran abrir nuevos mercados», incide.

Todo ese proceso es el que ahora va a estudiar Rodríguez Pascual: las cooperativas, la investigación desarrollada a lo largo del proceso, la alimentación, cómo se desarrollan todos estos sistemas y ver si alguna de esas ideas pueden aplicarse en León. «Me gustaría traer investigadores de allí y llevarme pastores hasta Australia; servir de puente entre ambos mundos».

Manuel Rodríguez Pascual pasará más de un mes en la finca Gunnegalderie, en Wellington, Nueva Gales del Sur. Su propietario, Bruce Taylor es la quinta generación de ganaderos en Australia. «Tienen dos hijos (Geoff y Hught Taylor) que también tienen explotaciones de merinos de calidad», subraya, demostración palpable de que en Australia, el oficio de pastor es muy prestigioso y los ganaderos tienen una gran formación.

Y es que, paradojas de la vida y, sobre todo del carácter leonés, nuestro merino, ese que fue seleccionado en el siglo XIV por los pastores trashumantes de los viejos reinos de Castilla y de León, el mismo cuya fina lana monopolizó durante al menos cinco siglos (XIV al XVIII) los mejores mercado europeos, consiguió en el siglo XIX su difusión internacional, es la base actual de la producción de lana de calidad no sólo en las antípodas (Australia y Nueva Zelanda), sino también en otros países como Argentina, Uruguay o Sud África. «Mientras tanto, en nuestro país, cuna de la raza, actualmente la lana de merina no tiene aprecio ni mercado, y su esquilmo apenas llega para pagar los gastos de esquileo ¡Paradojas de nuestra peculiar idiosincrasia!», manifiesta con triste ironía el investigador.

Nunca es tarde. De las mejores cabañas que utilizaban asiduamente los puertos de León durante el verano, la de El Escorial y Negrete, fueron las primeras ovejas de lana fina que llegaron a Australia, a finales del siglo XVIII, y constituyeron la sangre inicial que daría lugar a la gran cabaña lanar del continente australiano, y que actualmente es un referente mundial en producción y calidad de la lana. La cabaña Real de El Escorial, gestionada por los monjes Jerónimos de este monasterio, tenía su ropería —y aún se conserva en pie—, en el pueblo babiano de Truébano, con su parrilla (símbolo del monasterio) tallada en piedra en el dintel de la entrada. Era una de las principales que acudía a Babia y durante muchos años ocupó los excelentes puertos de La Cubilla, entorno a Peña Ubiña, arrendados al monasterio de San Isidoro de León, su propietario.

Por su parte la cabaña de Negrete, propiedad del conde de Campo Alange, utilizaba los pastos de Valdeburón, en la montaña de Riaño, donde tenía su ropería. A las dos cabañas anteriores habría que sumar una tercera, la cabaña segoviana de la Cartuja de El Paular, que también utilizaba los puertos de Babia, alguno de cuyos ejemplares, llegaron al continente australiano, aunque algo posteriormente a las dos anteriores. Estas cabañas son citadas por el ilustrado Jovellanos en sus viajes por León, en 1792.

Manuel Rodríguez Pascual revela que algunos de estos merinos saldrían de los puertos de León hacia los amplios pastizales de Australia por dos caminos bien diferentes. Las merinas comenzaron a salir de España de forma masiva a partir de la Guerra de la Independencia, a causa del caos que se produjo en este enfrentamiento armado. Sin embargo, ya antes habían salido algunos pequeños lotes hacia ciertos países europeos por favores de la corona española, hacia otros monarcas europeos. Así, el rey Carlos IV, ante las demandas del rey Guillermo V de Holanda, Príncipe de Orange-Nassau, le envía dos carneros y cuatro ovejas selectos, de la Cabaña Real de El Escorial. A finales del siglo XVIII, el coronel Robert Jacob Gordon, de origen escocés, comandante de la guarnición holandesa de Ciudad del Cabo, fue un visionario de las grandes posibilidades que tenía la crianza del merino en Sudáfrica. Gracias al interés de este militar por el merino español, se inicia su crianza en esta colonia en 1789, cuando Gordon recibe de la metrópoli, de la Casa de Orange, dos carneros y seis ovejas del más puro origen El Escorial, descendientes de las cedidas por el rey de España, con las que funda su histórica cabaña. Estos merinos, fueron los primeros que salieron del continente europeo.

Posteriormente, en 1791, el coronel Gordon, recibe una carta de la casa real de Holanda, ordenándole que dichos merinos retornaran de nuevo a la metrópoli. Gordon, como buen militar, cumplió inmediatamente la orden, embarcando los reproductores que había recibido, pero hizo un pequeño truco, se quedó con las crías que allí habían nacido. Ellas fueron la base de la difusión del merino en Sudáfrica y Australia.

En 1795, la Corona Británica ocupa la Colonia del Cabo, el coronel Gordon se suicida, y su viuda vende 26 animales de su plantel al capitán Henry Waterhause, que los lleva a Australia, en un largo viaje de 78 días de duración, desembarcando sólo 14 animales de dicho plantel, en Port Jackson. De dicho plantel, cinco ovejas y tres carneros fueron adquiridos por el capitán Mac Arthur y serían la base de la majada más grande del mundo: Australia.

El capitán Mc Arthur, considerado por los historiadores, como el «padre del merino Australiano», había llegado a Botany Bay con su esposa e hijo cuando sólo tenía 23 años de edad, y en las colinas de Parramatta, cerca de Sidney, de cuyo distrito era comandante, instaló su ya famosa Elizabeth Farm, en honor de su esposa, donde inició la crianza del merino; ésta sería la primera casa de campo construida en Australia, en 1793, ahora conservada como museo.

«Quizás, ni él era consciente de que con esos ocho reproductores en mal estado, nacía la majada más importante del mundo», destaca Manuel Rodríguez Pascual, que añade que a mediados de los años setenta del siglo XX, Australia llegó a contar con 170 millones de ovinos, de los cuales 120 millones eran merinos. Posteriormente, este número iría decreciendo sustancialmente, a medida que el rendimiento y la calidad de la lana iban aumentando.

La otra gran línea precursora del merino australiano, el Negrete, llegó a Australia procedente de Inglaterra. Veamos su peripecia. El rey Jorge III (1760-1820), fue el primero que introdujo el merino español en las islas británicas. Para ello solicita al rey Carlos IV un lote de ovejas y éste accedió, enviándole cuatro carneros y 36 ovejas de la afamada cabaña de Negrete. Estos reproductores fueron un presente del conde de Campo Alange, su propietario, ministro de la Guerra español, que había sido embajador en la corte inglesa desde 1788 a 1790. En 1804 se realizó el primer remate público de ejemplares del plantel real, siendo vendidos en esta ocasión 30 carneros y 14 ovejas, de las cuales el capitán Mc Arthur, adquirió 7 carneros y 3 ovejas, descendientes de la cabaña de Negrete, que envía directamente a su granja de Australia en el navío «Argo»; en el largo viaje morirían dos carneros. Con los descendientes de esta cabaña, de pura sangre Negrete, se formaría otro plantel muy importante del merino australiano.

Otro importante aporte de sangre merino de gran calidad llega a Inglaterra a raíz de la Guerra de Independencia española, como obsequio al rey de Inglaterra, en forma de 2.214 reproductores de la cabaña de El Paular —también asidua de los pastos leoneses—, como recompensa de la ayuda militar prestada a la Junta Española frente al avance Napoleónico. El último remate de la cabaña real de Jorge III, se realiza en 1810, con la venta de 33 carneros y 70 ovejas. La importancia del plantel real británico era abastecer de reproductores a la colonia australiana, pues en Inglaterra su clima húmedo y el desinterés de los criadores por el merino (éstos preferían la lana gruesa y un gran tamaño corporal), hizo que su cría nunca se difundiese por el país. Aparte del capitán Mc Arthur, también merece destacar por el interés en la cría y difusión del merino, el capellán de los convictos el reverendo Samuel Marsden. De esta forma, en 1807, llega a Inglaterra el primer fardo de lana australiana por iniciativa de Mac Arthur y Marsden. Y en 1822, la corona británica concede a Mac Arthur dos medallas de oro por la calidad de su lana, considerada tan buena como la mejor de Sajonia.

Manuel Rodríguez Pascual subraya que en la actualidad se esquilan en Australia 78 millones de ovejas —una gran parte de origen merino—, que producen 350 millones de kilogramos de lana de gran calidad, que abastecen de lana y carne una gran parte de los mejores mercados internacionales.

Mientras, en León apenas quedan 10.000 merinas. Después de tanta historia... A principios del siglo XX trashumaban a la provincia durante el verano no menos de 135.000. «Hasta 1991, todavía venían una media de 37.000 ovejas», destaca Rodrígue Pascual, que añade que a las 10.000 ovejas merinas que en la actualidad hay en León hay que sumar otras 50.000 trasterminantes.

Nunca es tarde y puede que este sea el germen de un regreso a la tradición. Hay con qué recrearla: 2.320 kilómetros de cañada ganadera surcan León, un patrimonio único en Europa con el que volver a levantar el edificio que la desidia dejó caer. Una escuela de pastores podría ser un buen punto de partida y este viaje puede llevar a otro mucho más largo...






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