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REVISTA

La naturaleza es la clave

Los expertos alertan de un problema acuciante: nuestro escaso contacto con el entorno natural y las graves consecuencias que esto genera en niños y adultos. Se llama trastorno por déficit de naturaleza y está de plena actualidad.

 

Orlando Barría -

ANA GIL
23/12/2018

Igual de importante que desconocido. Es el síndrome por déficit de naturaleza, uno de los grandes problemas de este siglo con consecuencias muy importantes para el ser humano y del que se empieza a hablar ahora, aunque de momento, bajito.

El término fue nombrado por primera vez por el periodista y escritor estadounidense Richard Louv en el libro El último niñosde los bosques (‘Last child in the woods’), donde advierte de las consecuencias nefastas de la ausencia de contacto de las personas con el medio ambiente.

«Todo puede partir de una visión equivocada de nuestra relación con la naturaleza. El egocentrismo e individualismo que impera en la sociedad actual de consumo, impide visualizar a las personas, que nosotros somos naturaleza y que formamos parte de ella de manera indisoluble. Los daños que sufra la naturaleza los sufriremos nosotros, su degradación es también la nuestra», sentencia Eduardo Gil Delgado, consultor de medio ambiente, abogado ambientalista y divulgador ambiental desde hace más de dos décadas. Gil Delgado, madrileño afincado en León, dejó la capital para vivir en Babia y empezar una nueva vida en pleno contacto con el medio natural. Acaba de publicar su cuarto libro, La naturaleza nos protege y nosotros la despreciamos. Desmontando la posverdad. En él defiende, ente otros aspectos, que el síndrome de déficit de naturaleza no es un asunto que ataña únicamente al movimiento ecologista, sino que es algo que debe ser abordado por el conjunto de la sociedad. «Aquí no vale el ‘esto no va conmigo’», argumenta.

Lo que está claro es que existe una falta de interés y cierta desidia en la conservación ambiental y el cuidado de nuestro entorno, «aspectos clave para nuestra propia existencia como especie, pues habitamos un único y frágil planeta y no tenemos otro recambio».

Los expertos llaman a pararse a pensar. «El uso diario y masivo de la pantallas, la irrupción de la tecnología imposibilitan que levantemos la vista para contemplar las aves que sobrevuelan el cielo o que pasen desapercibidas la flora y la fauna que conviven con nosotros», apunta Gil Delgado.

Conectar con la naturaleza desde bien pequeños es fundamental. Sobre todo en esta parte del mundo, donde la mayoría de los niños y niñas pasan buena parte del tiempo en espacios cerrados y mirando una pantalla. Poco espacio y un exceso de estímulos que les aleja de la realidad y les convierte en sujetos pasivos. Esto, aseguran, puede generar problemas de aprendizaje, trastornos emocionales, estrés, ansiedad u obesidad, entre otros. La naturaleza, en cambio, es una fuente natural de estímulos que respeta el desarrollo infantil y proporciona a los niños el aprendizaje directo de otras formas de vida.

Esta patología está más estudiada en los niños, pero afecta también de forma importante a la población adulta. El mayor problema es el desconocimiento que existe entorno a esta realidad.

«Una pausa diaria en el alocado ritmo de vida actual en necesaria y reparadora. Necesitamos desconectar para poder reflexionar y valorar las pequeñas cosas del día a día. Esa fructífera desconexión nos la ofrece de forma gratuita las zonas verdes», argumenta Eduardo Gil, que apuesta por cambiar el diván y la medicación para la ansiedad o el estrés por un contacto directo con el medio natural como terapia.

León es un magnífico ejemplo de ciudad verde. Y es que las zonas verdes de las ciudades pueden servir para iniciar la desconexión a la creciente adicción digital y ser el antídoto contra el déficit de naturaleza. ¿Quién no ha experimentado un intenso bienestar durante un paseo por el bosque?

   
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