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El yin y el yan de la economía china

Uno de los siete miembros que componen el Comité Permanente del Politburó ha reconocido que, en el peor de los escenarios posibles, la guerra comercial entre Estados Unidos y China podría costarle al gigante asiático un punto de su crecimiento.

 

Varios operarios trabajan en la fábrica Everwin Precision Technology, en Dongguan, China. -

ZIGOR ALDAMA
02/06/2019

Sobre el papel, los fundamentos económicos de China son sólidos. Es más, para sí querrían la mayoría de países las estadísticas macroeconómicas de la segunda potencia mundial. El año pasado, su PIB creció un 6,6%, las ventas al por menor se dispararon un 9%, la producción industrial se expandió un 6,2%, y el paro se mantuvo estable en torno al 5%. Analizados desde una perspectiva europea, estos datos son más que suficientes para descorchar varias cajas de champán.

Y si se echa la mirada atrás una década, desde que estalló la crisis global, la gesta es aún más impresionante: el PIB del país ha crecido una media del 7,1% anual y el peso de su economía en el pastel global representa ya más del 19%. Además, Pekín ha cosechado un éxito notable en la transición que había diseñado para adaptar su estructura económica a la nueva coyuntura de superpotencia: el sector servicios ha incrementado su peso del 45% al 51%, y el consumo interno es ya responsable de más del 60% del crecimiento económico. Por si fuese poco, más de 70 millones de personas han abandonado la pobreza en siete años y la renta per cápita ha crecido una media del 7,4%.

El Partido Comunista prevé que 2019 acabe con un crecimiento económico entre el 6% y el 6,5%, el triple de lo proyectado para España. Pero, desde la perspectiva de China, estas cifras no son tan halagüeñas. Al fin y al cabo, el país crece al menor ritmo de los últimos 30 años, y todas las variables mencionadas en el primer párrafo han echado el freno con fuerza similar. El gigante asiático teme caer en la trampa de las rentas medias: crecer poco antes de haber alcanzado el estatus de estado desarrollado. Porque puede que sea la primera potencia mundial si se calcula a paridad de poder adquisitivo, pero la renta per cápita está todavía en el puesto 67.

Los datos del primer trimestre del año fueron mejores de lo esperado, pero los de abril supusieron un vuelco a territorio pesimista. Las exportaciones cayeron un 2,7% y sectores como el de la moda o el de la automoción se contrajeron, muestra de que el consumo se está erosionando y de que la confianza de la población ha dejado atrás la euforia. Eso último se debe a las decisiones que se están tomando al otro lado del Pacífico: los aranceles que ha aprobado Trump.

Un punto menos

Concretamente, Wang Yang, uno de los siete miembros que componen el Comité Permanente del Politburó, reconoció que, en el peor de los escenarios posibles, la guerra comercial podría costarle a China un punto de su crecimiento. Eso es lo que le dijo a un grupo de empresarios taiwaneses establecidos en el país.

Restar un punto al crecimiento supondría acentuar el frenazo actual hasta una expansión del 5% o el 5,5%. Y esto haría peligrar uno de los pilares que más preocupan a los dirigentes chinos: el empleo. Según diferentes analistas consultados en los últimos meses, China necesita crecer más de un 5,5% para crear los puestos de trabajo que requiere la población. Hasta ahora, la ‘nueva economía’, como se conoce a los negocios que operan a través de Internet, ha servido para absorber a una gran parte de los emigrantes rurales que buscan sobre el asfalto un futuro más prometedor. Además, la automatización está a la vuelta de la esquina y varias empresas ya experimentan con vehículos de mensajería autónomos.

Conflicto con Huawei

De forma adicional, la incertidumbre también se ha asentado en el sector tecnológico. La batalla también es tecnológica y Huawei podría ser una de las grandes afectadas si finalmente Washington decide bloquear su acceso a componentes estadounidenses.

Por si fuese poco, las inversiones en China ya no son tan bienvenidas como cuando, en plena crisis, muchos las veían como la salvación para sus negocios. La injerencia constante del Gobierno en una economía semiplanificada y la falta de reciprocidad en el acceso de las compañías extranjeras al mercado chino son grandes escollos. Así, entre los empresarios foráneos con negocios en China no faltan quienes aplauden a Trump y exigen que la UE siga sus pasos.

Las dependencias del gigante

El gobierno chino ha tenido muy claras dos cosas: que su economía no puede continuar dependiendo en exceso de las exportaciones, cuya marcha está supeditada a la economía global, y que debe buscar la autosuficiencia en el terreno tecnológico. El primer asunto lo ha solucionado con bastante solvencia, gracias al suculento mercado que forman 1.400 millones de personas con una capacidad adquisitiva creciente. El segundo es más correoso.

El culebrón de Huawei, que sucede al de ZTE el año pasado, ha disparado todas las alarmas porque la revolución tecnológica de China, que se ha traducido en gigantes capaces de hacer frente a Samsung o Apple, continúa dependiendo en exceso de componentes extranjeros. Que Trump considere a Huawei un peligro para la seguridad nacional y que le vete por ello la compra de tecnología americana, ha provocado sudores fríos en el sector tecnológico. Más aún después de que Google haya decidido dejar de dar servicios a sus móviles.

El fundador y presidente de Huawei, Ren Zhengfei, ha reconocido que esa es la principal vulnerabilidad de la empresa, pero también que ya están buscando proveedores alternativos. «Es evidente que Trump busca dañar a China en lo económico y retrasar su desarrollo tecnológico», analiza un profesor de Finanzas que prefiere mantenerse en el anonimato. «Puede que con ello gane tiempo, pero también está provocando tensiones innecesarias que harán más duro lo inevitable: el auge de China», apostilla. No piensa lo mismo el propio Trump: «Si Hillary Clinton hubiese sido presidenta, China sería una potencia mayor que nosotros al final de la legislatura. Conmigo eso no va a suceder», sentenció.

Los expertos explican que la de China-Estados Unidos es la primera guerra comercial desde hace mucho tiempo. «En las últimas décadas habíamos visto batallas legales que siempre se han resuelto en el marco de la OMC (Organización Mundial del Comercio)», una institución que suponía un marco jurídico para resolver estos conflictos internacionales. «La Administración Trump ha roto esta lógica y ha intentado cambiar las reglas del juego», asegura el profesor de Esade, que alerta de que las Bolsas «están notando la presión».

De forma similar opina Antonio Bonet, presidente del Club de Exportadores e Inversores Españoles, que asegura que esta guerra entre EE UU y China está «abierta» y su desenlace es «incierto», por lo que no se pueden determinar las consecuencias finales que supondrá. Para remitirse a otros conflictos de este nivel, Bonet señala que hay que remontarse a los años 30 del siglo pasado, por lo que lamenta que el presidente Trump haya sembrado dudas sobre la continuidad y confianza de la OMC.

La vuelta al proteccionismo, el reto del nuevo Parlamento Europeo El Parlamento Europeo que se conforma en las elecciones de este domingo tendrá que hacer frente a unos nuevos retos que hace cinco años no estaban sobre la mesa. El primero, como no podía ser de otra manera, las hostilidades comerciales entre Estados Unidos y China, que afecta profundamente a Europa aunque se esfuerce por no posicionarse políticamente en ningún bando.





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