Diario de León

Amarillo que replica al capilote

Dos líneas de amarillo chillón anuncian a León por primavera; cuando canta la colza en las riberas y llanuras y responde el capilote en los valles de fuentes que regalan agua

Luis Urdiales

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El amarillo que cautiva las miradas salta el pespunte de las costuras del reino del cereal, donde el grano ya reparte invitaciones a la fiesta del espigado, el momento clave de estos ocho meses de parábola, de la semilla que muere y cae en el surco. Pues entre ese timbal de sensaciones que empuja abril contra la estación de los trenes que parten a mayo, en ese festival que estimula el vuelo de vuelta de las codornices y los azores, siempre alertas, irrumpió la colza, de unos años a esta parte, a redimir el hastío de las córneas de tanto gris, tanta nube baja, tanto frente atlántico, tanta lluvia. Tanto invierno para calentar al puchero la tierra donde se ha vuelto a gestar el mosaico refulgente que ejerce de imán para la atención. El viajero no podrá levantar la vista de ese bodegón sobre la trébede que cada atardecer pone orden en los elementos de la olla que templa León a fuego lento en primavera. 

La colza vino para quedarse entre el elenco de posibilidades de manejo de la agricultura leonesa, más como una fuente de futuro por el recorrido agronómico y los beneficios que aporta en el ciclo de recomposición que retroalimenta la tierra que como repertorio del fondo de pantalla reluciente que regala en el periodo de floración. 

No como recurso paisajístico, que parecía una anécdota pasajera cuando hace una década, una docena de años, tal vez algo más, dio los primeros frutos en aquella cosecha inaugural. Hoy compite en el puzzle cromático que ofrece León al viajero, con esa condición terapéutica que atesoran los espacios abiertos mientras permiten recomponer el horizonte con tangentes flexibles, a gusto del visitante. Se puede combinar la línea recta de la masa florida que rompe un castillo de chopos de fondo; se puede remover la figura con el contorno de la loma, donde un trigo ya anuncia inmediata la pubertad de la espiga; se puede aliñar con la curva del río, que deja la ribera entornada hacia el poniente, con esos caprichos que le dan al Esla en el cauce bajo. La colza es una bendición. Los que me miren, quedarán sanados, parece devolver al pasajero del tren, en el final de una conversación seca y espléndida, en la que apenas salen palabras en la introspectiva que sugiere el momento. 

La colza de León entusiasma a los franceses, como revela la agroindustria gala, empeñada en la molienda de los puñados de balas perdidas que salen por miles de toneladas de las vainas que cierran el ciclo de la vida de la planta. Aunque este aspecto sobre el círculo de cultivo de un cultivo que genera uno de los aceites más apreciados en Europa, en el comercio occidental, no determina más allá de lo anecdótico la riqueza que aporta al entorno, incluso para lo que afecta al bienestar humano por rodearse de sensaciones fascinantes.

 La colza, el cultivo de colza, la masa de colza, lo es. Por la flor, que resplandece mientras el Sol va desde el alba hasta más allá de lo imaginable al otro lado de los Montes de León. La flor de la colza destella con óleo que unge a todo el que se acerca, el destello que lo recubre; al cáliz, a la corola, los estambres y los pistilos. La flor y su rama, asentada sobre una estructura de planta contundente, como árbol en medio del bosque que forma en cada unidad de cultivo. La colza, de la familia oleaginosa; la colza, de la estirpe de las crucíferas. Más capital social para los recursos paisajísticos inagotables de León.

 Se entiende que las abejas enloquezcan en ese paraíso soñado que no estaba en el prólogo de la creación, en una fuente inmediata de néctar capaz de lanzar las fábricas de miel en mitad de abril, aunque abril resulte temprano para este fenómeno de la liba, el picoreo, los ochos infinitos de la colmena al coto privado de las flores. El amarillo de la colza es inevitable en este plan del viajero a los confines del interior, donde antes se acostumbraba a acuarelas del rojo chillón de la amapola entre el trigo respingón que bajaba la cabeza. 

Será difícil no advertir el fenómeno en una vuelta intencionada al ciclo estacional que ofrece la provincia leonesa. La energía alternativa en figuras geométricas adaptadas a la dimensión de la masa de tierra que ocupan; allá, el tono limonado de León de los abriles leoneses; de frente a la costana, donde rebaja el espectáculo multicolor de las ruedas que dan a comulgar los machos de la avutarda.

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