Agua para enamorados

Agua ladera abajo en una de las cascadas del norte de León
El agua no va por ahí con un talonario a repartir indulgencias, no tiene el don de la misericordia, no se apiada; el agua es como el fuego, abrasa, hasta en la demostración excelsa cuando toma forma de cascada, y se apresta a ofrecer uno de los espectáculos naturales más abruptos a los que se puede acceder por los sentidos. Es temporada alta en León, con la mitad de la provincia expuesta a la turbina hídrica que genera el Atlántico desde más allá de la línea de la memoria, y que pone en máxima producción la factoría del litro, el metro cúbico, el hectómetro … que agita todos los accidentes geográficos leoneses en un medio aún indómito, que recorren las cascadas en todas sus formas. Ya lo sabe el viajero, que en julio y agosto corre a refugiarse del otro extremo del clima, a aliviar las constancia de la calima con los pies en el balde de la poza, que dejó serena la cascada cuando amainó la bravura del arrastre. Lo sabe el viajero, que tiene para elegir entre las salientes del Curueño, las Conjas del Cea y sus versiones derivas, el alto Sil encañonado, las aristas rugosas de la Tercia mientras las lomas deciden al pito pito gorgorito si echan el sobrante al valle del Torío o al Bernesga; bien los sabe el viajero, que guarda en la memoria latente de sus sentidos la sensación gloriosa de ese espacio ilusorio llamado verano cuando por el tacto del agua como una sierra comprendió por última vez el significado de alivio, en toda su extensión. La poza que se prende de la cascada por un hilillo de vida, una fusión del tipo cordón umbilical que a veces, sólo a veces, logra cortar la tijera de la sequía apocalíptica, es un barreño que da la oportunidad de apreciar un mundo paralelo cuando este se derrite panza arriba bajo el Sol.
Ahí mismo espera la poza, bajo un chorro de expresión que arrancó motores este invierno azuzado por los frentes profundos, las ventiscas, y otros fenómenos de la familia semántica que admite pluviómetro como medida de las emociones. Porque el viajero vuelve sobre sus pasos y puede desandar en este febrero húmedo del chitón de las Azores el momento extraordinario de asomarse a una columna que precipita naturaleza abajo, salto al vacío, una persiana que no acaba nunca de cerrarse, un velo para filtrar la distracción d ella vista. Y el oído. Porque no habrá terapia capaz de igualar la exposición a ese murmullo que obliga a gritar en medio de ese torbellino del chorro que se precipita contra un vacío y a la vez rellena todos los recovecos del alma. Y cuanto más se grita, más decibelios entre la catarata. No hay solución que no pueda aportar una cascada prendida de ese brinco calculado. Las cascadas no se esfuerzan en emplear la geometría para salvar la gravedad. Montaña abajo, una cascada es una secuencia científica; está en los manuales para que el viajero no llegue desprovisto de información sobre el acontecimiento, por si el espectáculo no le parece tan inspirador como para elevarlo a los altares de la intervención divina. Pudo ser que en el boceto del creador, en ese punto se hubiera planificado una cascada, por si un día el viajero tuviera que recurrir al principio fundacional de las cosas para equilibrar y estabilizar el pulso. Una cascada es fruto de un voladizo que se derrumba, la roca blanda en la que hace mella y precipita el salto, del ángel definen los pretenciosos, , crece la piscina de agua en el lecho y entre valles escarpados como gargantas se levanta un monumento al que rendir pleitesía. Hasta para aplicar el concepto geológico se entreveran los matices líricos. Un paralelismo de la humanidad. Ese espectáculo que ve y escucha el viajero son un reto de la física; el chorro a plomo no toma velocidad porque tiene que hacerse valer al abrirse paso entre el aire; así se pueden duplicar los cursos, y el resultado embelesa aún más al viajero, absorto desde la distancia que impone la prudencia. No se acerque a la repisa, cuidado con el salto, que hace la cabrioleta del chorro al precipitarse en vertical, igual que una plomada una vez que pierde tierra firme. Están las del tipo abanico, propias del exceso de lecho que ahora se extiende por toda la mitad norte de la provincia leonesa, cuando se lanzan ladera abajo mientras saltan rocas, agua; al viajero que busca estampas para recordar podrá poner en contraste el fondo de pantalla cuando regrese al lugar de los hechos en el ciclo estival, con todo este murmullo de los días lluviosos y nevones de febrero en la retina. La cola de caballo invita a aventuras sólo a la altura de los grandes creativos de la filmografía. Por si les faltaran modelos, todo el arco norte y la dorsal de los montes de León, se ofrecen de campo de ensayo: agua a chorro que abre expectativas en la ruta una vez que se cansó de hacer mella en la tierra firma que se creía más fuerte. El agua no se apiada ante ningún elemento que le trata de cortar el paso. Es terca, hasta elevar un catálogo de lugares preferidos en la provincia para ver sus triples mortales, sus tirabuzones.