LEÓN EN VERSO
I drove all night in Pajares
Ay, Cyndi Lauper en el chaise longue, micrófono en mano, mientras abría paso a la niebla por el contorno de La Romia; eso son curvas, y no las que deja la voz rasgada de la memoria en el eco de los valles muertos de la cordillera, cuando todo el horizonte es el destello de luces traseras y las balizas del camión que te marca el compás. Cosas chulas para los leoneses, cada vez con menos recodos para escapar, mientras dinamitan de palabra, obra y omisión los senderos a la fuga, al realismo mágico paralelo al que le arrebataron a León en un serial por entregas: no eres leonés, no eres nada; de qué reino me habla. La gente no sabía del privilegio adquirido al pagar el peaje hasta que cortaron en La Magdalena, que no han tenido ni en cuenta para dar nombre a la autopista que le puso en el mapa por encima de la excelencia del pan, del desfase de la discoteca, el ganado de primera o las canteras de piedra con aristas de diamante que cimientan el talud que frena casi todos los aludes que amenazan nuestra vida; qué sería de la autopista si las laderas hubieran salido de esa fuente rocosa que mira al mediodía del río Luna. Lo piensas, así, absorto entre encajes de las estrofas de Cyndi Lauper, que a esa altura del bucle ya suena en Pajares pueblo, con el 17% de desnivel, demasiado padre nuestro para un beato que conduce toda la noche para despertar de un sueño... esa fiebre que me quema por dentro, matiza Lauper, sugestiva, por si no fuera poco el ahogo del camión que hace reparar en la fiabilidad del embrague. Cuando la noche es fría y oscura, insiste Cyndi, fuera del chaise longue, ya; no chaiselongue, como acostumbran los acaudalados que lo pueden cambiar cada mes. Conduje toda la noche para llegar a ti, apuraba Cyndi, en puertas de la emoción incontenible de los leoneses, ante el cartelón del cambio territorial abrasado por un incendio. Mejor renunciar al territorio que compartirlo. Ya le pasó a la madre que juzgó Salomón. Lauper vuelve a susurrar no sé qué de besos dulces; nada comparable con la certeza de saber que Castilla no empieza donde imponía la señal abrasada. Y Cyndi, nada, como quien ve llover.