Diario de León

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Cuando el efecto Navidad arrejunta familias en el viejo comedor, a los amigos en fondo ruidoso de una venta en las afueras o a colegas de curro, oficio o cofradía en ruidosa cena jodidamente fraternal, lo primero que se ataca es el «parte de bajas a las finas flores y yerbas»; y más en este mes de balances y menús. 

Se empieza por las bajas recientes cuyo vacío cruje o avisa; después, los que les precedieron; y ya con los de más atrás el olvido nos muerde la garganta y sus nombres se quedan en la boca-tumba a no ser que alguno dejara tras de sí algún episodio chusco, una bruta estupidez o una rajada célebre que recaliente su nombre alguna vez y confirme eso tan viejo de que «hagas lo que hagas en esta vida, al final sólo te recordarán por una anécdota».

 Cenas, comidas, juntarse, ¡ar!... y parte de bajas. Cayó Emilio el del banco y se le sumaron Eloína la de Palanquinos y el sobrino catedrático de la Patro, sí, esa Patro en la que piensas y que tanto alivió la bragueta del franquismo cazurro que no podía pagarse fulanas del Siroco o el Universal por ser además cantantas o casi vedetes. Muchas bajas. 

Y te dices ¡a la salud de su memoria!, chinchín... y al hoyo y el vivo al bollo y a la bolla y a la bulla navideña olvidando que «no por mucho atempranar amanece más madruga», pues los cuarenta días antes con que se empieza ahora la Navidad se convierten en dictadura y cuarentena, Cuaresma de Bombilla y Pantallazo en to los Morros con Anuncio Interminable y con su cuento de hadas angelotas haciendo cada noche bóvedas bombilleras en las calles, las comerciales mucho y las del centro más. 

Lo mismo en toda ciudad de Gijón a Tarifa. Contagio. La peste copiota siempre va en corcel veloz. Es como pa cagarse en Vigo, en el abducido por la moda bombillera y en los vientos de los advientos tenderos con destellos de cegar el tarro a la dócil gente bobaina que no se vacuna contra el consumir rapaz y contumaz... bombillería que deprime al cautivo de dolores o sofás, callada multitud que afrontará en solitario la escalada en triciclo a los alegres puertos de la bendita Navidad, Navidá-Navidá, triste y sola Navidad... Qué mal nos anda la vista en Navidad.

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