Diario de León

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Trump quiere el petróleo de Venezuela y el Nobel de María Corina Machado. El narcotráfico fue la pantalla del ataque y secuestro de Maduro, como los cristianos lo han sido en Nigeria y las armas de destrucción masiva lo fueron en Iraq. Follow the oil diría una versión moderna de El Padrino, que es lo mismo que la célebre frase follow the money en la trama de los Corleone.

El petróleo y el Nobel de la Paz son dos cosas que tienen mucho que ver con Noruega, otro de los mejores aliados de Estados Unidos en Europa, que, al contrario que Dinamarca con la amenaza sobre Groenlandia, se ha librado por ahora de la ira de Trump.

Noruega nacionalizó sus reservas y su producción de petróleo en los años 60. Y es el Estado, a través de una gran corporación pública, quien gestiona los beneficios. Una parte los invierte en sectores estratégicos fuera del país para que su fondo siga creciendo y otra es la que garantiza las pensiones de su ciudadanía. El petróleo es el pilar de su bienestar. Ninguna élite, ni los partidos de derecha, se ha sentido agredida porque el Estado controle el petróleo. Ni nadie en el mundo lo cuestiona. Además, Noruega es una democracia sólida que tuvo la ‘suerte’ de encontrar ricos yacimientos en el vasto territorio vacío que le tocó en el reparto con Suecia sin saber que se llevaba un tesoro.

En los Emiratos Árabes ocurre algo parecido, pero muy distinto. El petróleo es del Estado, pero éste es una élite que controla todos los órganos de poder y aunque también invierte por el mundo y reparte ganancias con sus ciudadanos, se da la paradoja de que la mayoría de la población es inmigrante y queda excluida del reparto, sin acceso a servicios públicos y la nacionalidad. El trabajo es su única lotería.

En Venezuela, la nacionalización del petróleo sí es un problema. No solo porque se expropiara a empresas estadounidenses, que fueron compensadas más o menos justamente, sino porque una élite económica y política se sintió agredida en sus intereses. El petróleo, moderno Eldorado de Venezuela, ha sido su condena. El país nunca se ha industrializado y depende del exterior para suministros básicos.

Desde Obama a Trump pasando por Biden, el país ha sido sometido a una batería de sanciones económicas que lo han hundido en el desabasteciento, el hambre y la pérdida de bienestar. Las élites han sacado todo el dinero que han podido y las políticas internas tampoco han sido acertadas o no podían serlo de ninguna manera. El enorme aparato represivo ha socavado los derechos humanos y la imagen internacional. Todo junto ha provocado una gran ola migratoria. Hay casi 8 millones de exiliados e inmigrantes venezolanos en el mundo, casi tantos com habitantes en Noruega o en Dubai (por cierto, algunos de nuestros médicos han venido de Venezuela). La falta de transparencia en las elecciones, el enrocamiento de Maduro y el moderno Corleone pusieron la guinda. La pregunta es: ¿para cuándo una Noruega en Venezuela?

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