LA VELETA
Ni amplia ni libre
Sucedió el 14 de septiembre de 2009. Nos vimos, como otras veces, en el Viena Pedralbes de la avenida Diagonal de Barcelona. Él bajaba desde Sant Just, yo iba desde Viladecans: era un lugar cómodo para ambos. Ahora, cuando ya no tiene remedio, lamento que no nos citáramos más a menudo. Ese día, lo avala la dedicatoria que tengo delante, Joan Margarit me hizo entrega de un ejemplar firmado de su edición y traducción de los poemas de Elizabeth Bishop. Leí su dedicatoria, con gratitud: aludía a un ser de ficción, Virginia Chamorro, y aventuraba la conjetura, certera, de que Bishop le gustaría. También leí, claro, los poemas, pero quizá no con el detenimiento suficiente. Hoy, diecisiete años después, me reencuentro con Bishop al ordenar la estantería de poesía. Y es ahora cuando reparo en el índice: además de regalarme y dedicarme el libro, Joan había marcado en él los poemas que consideraba más representativos de aquella poeta grave y profunda, como él mismo la calificaba. Los releo, uno por uno y en orden, y el amigo difunto vuelve a lomos de cada uno de ellos; lúcido y penetrante, y a la vez tan amable y propicio como lo fue siempre. Cuando a uno le sucede algo así, toma conciencia de que una biblioteca no es un cofre del tesoro, sino un almacén de cofres del tesoro, al que hay que volver una y otra vez para abrirlos y quedarse extasiado.
Señaló Joan en aquel índice poemas memorables: Crusoe en Inglaterra, Cuestiones de viaje, Ciudad de noche, Un arte o North Haven, entre muchos otros. Todos —y cada uno de ellos— me remueven: el de Crusoe evoca la juventud y la aventura que ya fueron y no volverán a ser; el del viaje inquiere sobre la manía de no quedarnos quietos en una estancia; el de la ciudad nocturna atisba la culpa que titila en las luces que alumbran las calles por las que discurrimos; el del arte se detiene en el aprendizaje que a todos nos incumbe para despedirnos de cuanto nos importa; el de North Haven cincela la oquedad que deja a la poeta la muerte de su amigo Robert Lowell. Pero, en estos días de ruido y furia, de afanes vanos, estafadores compulsivos, pueblos embaucados y seudointeligencias digitalizadas, me sacude Sandpiper.
Habla de un pájaro, que recorre la orilla de una playa del Atlántico batida por las olas y da por hecho el bramido del mar que lo acompaña y que el mundo «está obligado a estremecerse». Absorto, indaga en la arena que entre los dedos de sus patas drena el agua del mar que se acerca y se retira. Busca algo entre los millones de granos —blancos, negros, bronceados y grises, mezclados con rosa y amatista-, y está obsesionado, anota la poeta, con eso que no acaba de aparecer. Se le antoja a uno la imagen del ser humano del siglo XXI. Y, como en otra parte dice Elizabeth, querido Joan: «la elección nunca es amplia ni libre».